Mi secretaria me convenció de que mi esposa me engañaba, así que la dejé y empecé una nueva vida con ella. Cinco años después, mi ex entró en mi hotel con dos gemelos que parecían hijos míos. “¡No permitas que te manipule!”, gritó mi pareja delante de los empleados. Yo solo pedí hablar en privado. Entonces mi ex sacó una vieja tarjeta del hotel y me reveló por qué había regresado precisamente ese día…
—Descubrí que alguien estaba desviando dinero de la construcción del hotel. Había facturas falsas, proveedores inexistentes y transferencias que terminaron en cuentas controladas por Arturo. Cuando empecé a investigar, aparecieron aquellas fotografías con el supuesto amante.
Rodrigo sintió un escalofrío.
—¿El hombre del restaurante?
—Era un contador que me ayudaba a revisar los movimientos. Arturo lo convirtió en mi amante y falsificó mensajes para que tú lo creyeras.
Valeria respiró profundamente.
—Había más de treinta y ocho millones de pesos involucrados, Rodrigo. Yo había guardado copias de la contabilidad original antes de que modificaran los registros. Primero escondí la memoria entre mis pertenencias. Después, cuando nacieron los niños, la cosí dentro del osito que hice para Nicolás.
—¿Por qué nunca denunciaste?
—Sí denuncié. Pero sin acceso a los servidores originales, la investigación no avanzó. Mi abogado me recomendó conservar las pruebas. Después empezaron a seguirme. Cambié de domicilio dos veces. Mi prioridad dejó de ser recuperar el hotel. Era proteger a nuestros hijos.
Aquella última frase lo destrozó.
Mientras Rodrigo celebraba sus negocios y viajaba con Daniela, Valeria había criado sola a dos pequeños, trabajando como diseñadora independiente y viviendo con el miedo de que alguien encontrara aquellas pruebas.
Pero ahora no había tiempo para lamentaciones.
Rodrigo llamó a Isabel, la abogada que había acompañado a Valeria durante aquellos años. Le pidió que entregara inmediatamente las copias digitales a la Fiscalía de Jalisco y denunciara la retención de los niños.
Isabel confirmó que ya conservaba respaldos de los registros y que solicitaría la intervención policial.
Después Rodrigo volvió a revisar las cámaras.
Arturo había llevado a los niños hacia el ala antigua, una sección cerrada por remodelaciones.
Sergio, el jefe de seguridad, había desaparecido de su puesto.
—También está involucrado —murmuró Rodrigo.
Entonces comprendió que durante años había entregado las llaves de su empresa a las mismas personas que la estaban destruyendo.
Daniela estaba sentada en la sala privada cuando Rodrigo regresó.
Al verlo, dejó caer el bolso.
—Arturo se llevó a los niños —dijo él—. Y tú vas a decirme absolutamente todo.
Daniela comenzó a llorar.
Seis años atrás, su madre necesitaba una operación costosa. Arturo había pagado más de cuatrocientos mil pesos para ayudarla.
Después le pidió un pequeño favor: permitirle revisar los correos y documentos que llegaban a la oficina de Rodrigo.
Luego vino otro.
Y otro.
Hasta que Daniela terminó colaborando en la falsificación de las pruebas contra Valeria.
—Yo no sabía que iba a destruir su matrimonio —sollozó.