Un año después, los primeros edificios del nuevo desarrollo estaban terminados.
Me ofrecieron dirigir el equipo de control de costos y supervisión de obra.
Acepté con una condición: quería un sistema transparente donde cualquier familia pudiera comprobar el avance real de su vivienda.
Martín apoyó la propuesta.
Y mi madre vino desde Puebla para acompañarnos en la inauguración.
Llevaba una bolsa enorme.
Dentro había cuarenta frascos de mermelada.
Los mismos sabores que había preparado para mi primera boda.
—Esta vez sí quiero repartirlos —me dijo sonriendo.
Durante la celebración, Elena recibió uno de fresa y don Manuel uno de durazno.
Mi madre observó a todas aquellas familias entrando a sus nuevos departamentos y me apretó la mano.
—Tu padre estaría orgulloso de ti.
Sentí un nudo en la garganta.
Mi padre siempre decía que una casa no se construye únicamente con cemento y ladrillos.
Se construye con la confianza de quienes van a vivir dentro.
Aquella tarde comprendí finalmente sus palabras.
Al caer la noche, Martín me esperaba junto a su viejo taxi blanco.
Seguía conduciéndolo algunas veces para probar las nuevas versiones de su aplicación de transporte.
Subí al asiento del copiloto.
Llevaba puesta la bufanda color mostaza que mi madre había tejido tantos años atrás.
Martín me miró y sonrió.
—¿A dónde vamos, señora Ríos?
Tomé su mano.
—A casa.
Mientras avanzábamos por las calles iluminadas, recordé la noche en que Arturo me dejó sin boda, sin departamento y sin esperanza.
Había creído que mi vida terminaba cuando aquel hombre decidió cambiarme por una mujer rica.
Pero mi historia no había terminado.
Apenas estaba comenzando.
—Martín —susurré—, ¿sabes qué es lo más extraño de todo esto?
—¿Qué cosa?
—Aquella noche en la carretera pensé que estaba salvando a un desconocido. Nunca imaginé que seis años después ese desconocido me salvaría a mí.
Martín apretó suavemente mi mano.
—Nos salvamos mutuamente, Lucía.
