Mi prometido me dejó para casarse con la hija de un millonario y me dijo: “Tú no perteneces a nuestro mundo”. Su madre hasta se burló de los 40 frascos de mermelada que preparó mi mamá para la boda. Me los llevé sin discutir. Un mes después me casé con su mejor amigo, un humilde taxista. A la mañana siguiente, alguien ofreció cinco millones de pesos para que nos divorciáramos…

PARTE 1

—No voy a casarme contigo, Lucía. Encontré a alguien que puede darme el futuro que tú jamás podrías ofrecerme.

Arturo pronunció esas palabras tres días antes de nuestra boda, frente a mi madre, en un restaurante elegante de la Ciudad de México.

Después colocó un sobre sobre la mesa.

—Aquí tienes cincuenta mil pesos por las molestias. Voy a casarme con Renata Barragán, la hija del dueño de la constructora. Espero que lo entiendas.

Llevábamos cinco años juntos.

Yo había pagado parte de su maestría, el enganche de su departamento y hasta una deuda que su madre tenía con el banco.

Me llamo Lucía Herrera, tenía treinta y cuatro años y trabajaba como analista de costos en una de las constructoras más importantes del país.

Mi madre, doña Rosa, había viajado desde Puebla para ayudarnos con los últimos preparativos.

Traía cuarenta frascos de mermelada artesanal, preparados con sus propias manos, para regalar a los invitados.

Cuando Teresa, la madre de Arturo, descubrió los frascos, soltó una carcajada.

—¡Qué vergüenza! ¿Piensan regalar mermelada en una boda elegante? Mejor llévensela a su pueblo. Mi hijo merece una familia de categoría.

Mi madre bajó la mirada.

Vi cómo le temblaban los dedos.

Entonces comprendí que aquella mujer no solo estaba celebrando la traición de su hijo. También disfrutaba humillando a la persona que más amaba.

Saqué mi celular y abrí mis movimientos bancarios.

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