Otra pausa.
—Si quieres venir el próximo domingo, voy a preparar mole. Puedes traer a Sergio y a Sofía.
Miré hacia la habitación donde mi hija estudiaba.
Hacía mucho tiempo que mi madre no la mencionaba.
—Voy a preguntarle a Sergio y te confirmo.
—Está bien, hija.
Pensé que colgaría, pero antes de hacerlo añadió:
—Elena, tiré el costurero viejo.
No hizo falta preguntarle cuál.
Era donde había escondido las notificaciones judiciales.
—Gracias por decírmelo, mamá.
—Y… perdóname por haberte mentido.
Fueron apenas seis palabras.
No borraban los años de injusticias, pero significaban que al menos empezaba a reconocer lo que había hecho.
El domingo siguiente viajamos a Celaya.
Mi padre nos recibió junto al nogal. Mi madre había preparado mole, arroz rojo y tortillas recién hechas.
No hubo una reunión multitudinaria.
