Óscar levantaba un vaso mientras mis hermanos se reían.
—¡Un brindis por Elena, nuestra patrocinadora oficial!
Diego soltó una carcajada.
—¡La coronela maneja millones, pero en su propia familia se deja engañar como una niña!
Mi madre también sonrió.
Entonces escuché algo que me heló la sangre.
—Ahora que la hipoteca quede libre —dijo Óscar—, Víctor podría prestarme otro millón. Esta vez sí pondré el taller. Voy a tirar el nogal y construir ahí el garaje.
El nogal.
El árbol que mi padre había plantado el día que nací.
—¿Y si vuelves a perder el dinero? —preguntó su esposa.
Óscar respondió sin dudar:
—Pues Elena vuelve a pagar. Para eso tenemos una hermana rica.
Todos se rieron.
No entré.
Regresé al automóvil donde Patricia me esperaba.
—¿Estás segura de continuar? —preguntó.
Miré por última vez aquella casa.
—Más que nunca.
El viernes llegué temprano al juzgado.
Mi madre apareció sonriente, convencida de que el problema estaba resuelto.
Óscar incluso me saludó levantando el pulgar.
Cuando comenzó la audiencia, el abogado de Víctor se puso de pie.
—Su señoría, solicitamos reconocer la sustitución de la parte acreedora debido a una cesión de derechos celebrada ante notario.
El juez examinó los documentos.
Después levantó la mirada.
—¿La nueva titular del crédito se encuentra presente?
Me puse de pie.
Mi madre dejó de sonreír.
Y cuando el juez pronunció mi nombre, Óscar comprendió que aquella mañana no iba a salir del juzgado como había imaginado.
PARTE 3
—¿Elena Ramírez? —preguntó el juez mientras revisaba el expediente—. ¿Usted es quien adquirió los derechos de cobro del señor Víctor Aguilar?
—Así es, su señoría.
Óscar se levantó tan bruscamente que su silla golpeó el piso.
—¡Un momento! ¿Cómo que ella compró la deuda? ¡Mi hermana vino a pagarla!
El juez lo miró con severidad.
—Señor Ramírez, tome asiento. Estamos revisando una cesión de derechos. Permita que termine el procedimiento.
Mi madre me sujetó del brazo.
