—Gracias por no obligarnos a buscar dónde dormir esta misma noche.
Yo le respondí:
—Tus hijos no son responsables de las decisiones de su papá.
Mi padre y yo nos quedamos solos frente al edificio.
—¿Te arrepientes? —me preguntó.
Miré mis manos.
—Me duele, papá. Muchísimo. Pero no me arrepiento de poner un límite.
Él asintió.
—Cuando planté aquel nogal pensé que crecería para darte sombra. Y mira nada más… llevas veinte años dándonos sombra a todos nosotros.
No pude contener las lágrimas.
Esta vez tampoco intenté esconderlas.
Aquella tarde regresamos juntos a la casa.
El nogal seguía en el patio, enorme, con sus ramas extendidas sobre la vieja mesa donde habíamos celebrado tantos cumpleaños.
En el tronco todavía se veía una cruz amarilla que Óscar había marcado meses atrás para señalar dónde quería comenzar la demolición del garaje.
Mi padre trajo un cepillo y un recipiente con agua jabonosa.
Empezamos a limpiar cuidadosamente la pintura.
Trabajamos casi una hora.
Cuando estábamos por terminar, Óscar apareció en la puerta.
No dijo nada.
Tomó otro cepillo y comenzó a quitar la pintura que quedaba más arriba.
Los tres trabajamos en silencio.
No hubo abrazos ni disculpas.
Pero por primera vez en muchos años, vi a mi hermano haciendo algo por aquella casa sin esperar que yo lo pagara.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
