—Segundo: Óscar, Claudia y los niños podrán permanecer inicialmente en el segundo piso. Pero deberán pagar diez mil pesos mensuales de renta y sus propios servicios. Firmaremos un contrato. Si no pueden costearlo, tendrán seis meses para organizar su mudanza.
—¿Cobrarme renta? —exclamó Óscar—. ¿A mí?
—Llevas trece años viviendo ahí sin pagarla. No pretenderás que también te mantenga hasta que cumplas sesenta.
Claudia bajó la cabeza.
—Yo estoy de acuerdo —dijo suavemente—. Hace años que le pido que consigamos nuestra propia casa.
Óscar la miró como si acabara de traicionarlo.
Continué.
—Héctor, podrás quedarte temporalmente en el cuarto del patio, pero empezarás a pagar los servicios que consumes y contribuirás a los gastos de mantenimiento. Si después decides irte, nadie te detendrá.
Mi hermano asintió sin discutir.
—Diego, tienes un mes para conseguir un empleo que te permita cubrir tus gastos. Si tus transmisiones producen ingresos suficientes, perfecto. Si no, tendrás que trabajar en otra cosa.
—Pero mis seguidores…
—Tus seguidores no pagan la electricidad que consume tu computadora ni la comida que mamá te lleva todos los días.
Diego se quedó callado.
Finalmente miré a Óscar.
—Y hay una última condición que no voy a negociar mientras esa propiedad esté bajo mi responsabilidad.
—¿Cuál?
—El nogal se queda.
Su expresión cambió.
—¿Todavía sigues con lo del árbol?
—Ese árbol lo plantó papá el día que nací. Querías cortarlo para construir el garaje de un vehículo que todavía ni siquiera puedes comprar.
Mi padre levantó la cabeza.
—El nogal no se toca —dijo.
Óscar apretó la mandíbula.
Durante varios segundos nadie habló.
Después miró a Claudia y a sus hijos, que esperaban sentados al otro extremo del pasillo.
Por primera vez pareció comprender lo que estaba arriesgando.
No era solamente una propiedad.
Era la estabilidad de sus propios hijos.
—Está bien —murmuró finalmente—. Acepto.
Regresamos a la audiencia.
El juez dejó asentada nuestra voluntad de llegar a un acuerdo y se preparó el convenio con la asesoría de los abogados. Óscar aceptó formalizar la entrega de su participación ante notario y yo me comprometí a cancelar íntegramente la deuda una vez cumplida esa obligación.
Después de revisar los términos, ratificamos el convenio ante el juzgado.
La resolución dejó establecido cómo se daría cumplimiento al acuerdo.
Al salir, Óscar caminó delante de nosotros sin despedirse.
Mi madre se marchó con Diego.
Claudia apenas alcanzó a decirme:
