Óscar levantó la cabeza.
—¿Qué convenio?
—Puedes entregarme tu cincuenta por ciento de la propiedad mediante una dación en pago formalizada ante notario. A cambio, daré por liquidada toda tu deuda. No te cobraré intereses adicionales, penalizaciones ni los gastos que he tenido que asumir.
Mi hermano abrió los ojos.
—¿Quieres quedarte con mi mitad?
—Quiero impedir que vuelvas a hipotecarla y pongas a nuestros padres en peligro.
—¡Esa casa me la regaló papá!
—Y tú la comprometiste por 480 mil pesos para invertirlos en una plataforma que prometía hacerte rico sin trabajar.
Óscar apretó los puños.
—También puedo negarme.
—Claro que puedes. Y entonces continuaremos el juicio. Tendrás oportunidad de defenderte, pero también existe el riesgo de que tu participación termine en un remate para cubrir la deuda.
Patricia intervino para explicar que el acuerdo requeriría la firma voluntaria de Óscar, la formalización correspondiente y su inscripción en el Registro Público.
Nada ocurriría automáticamente.
Pero él conocía su situación.
No tenía ahorros, ingresos suficientes ni otra propiedad que pudiera ofrecer como garantía.
El juez concedió un receso para permitirnos conversar.
Apenas salimos al pasillo, mi madre se abalanzó sobre mí.
—¡Qué vergüenza, Elena! ¡Quieres quitarle su patrimonio a tu propio hermano!
Retiré suavemente su mano de mi brazo.
—Mamá, ¿recuerdas cuando papá me dio la mitad de la casa?
—Eso no tiene nada que ver.
—Dijiste que yo no merecía nada porque era mujer. Cuando Óscar quebró su primer negocio, ustedes lo recibieron con su familia. Cuando Héctor se divorció, le preparaste otra habitación. Cuando Diego dejó su trabajo, le dijiste que descansara hasta encontrar su verdadera vocación.
Ella guardó silencio.
—Pero cuando yo llegaba de visita después de meses trabajando lejos de mi esposo y mi hija, me pedían dinero antes de preguntarme cómo estaba.
—¡Nunca te obligamos a ayudar!
—No. Pero me enseñaron que, si no ayudaba, era una mala hija. Y cuando ya no les bastó con lo que mandaba, inventaron una deuda de impuestos y me ocultaron un juicio.
Mi madre comenzó a llorar.
