Mi madre gastó más de un millón de😥😥💖💕 pesos donados para la operación de mi hija en el banquete, los lujos y la luna de miel de mi hermano. “Es su boda, no seas egoísta”, me respondió cuando reclamé el dinero. Fui al salón con las pruebas, donde estaban reunidos muchos de los donantes. No levanté la voz, pero una sola pregunta hizo que la novia mirara a mi hermano con horror.
—Esto no fue un préstamo familiar. Ustedes utilizaron donativos de cientos de personas para pagar gastos personales. Voy a denunciarlo y entregar los comprobantes que correspondan.
Mi madre comenzó a llorar desconsoladamente.
—¡No puedes hacerme eso! ¡Tengo treinta años de trabajar honradamente!
—Entonces debiste pensar en esos treinta años antes de tocar el dinero de tu nieta.
Nadie intervino para defenderla.
Fue Teresa quien se acercó a la mesa de los novios. Allí había una canasta decorada con listones blancos donde los invitados habían comenzado a depositar sobres con dinero.
La tomó y caminó hacia mí.
—Estos regalos todavía no se han entregado a los novios. Si los invitados están de acuerdo, podemos destinarlos a la recuperación de Sofía.
Doña Mercedes fue la primera en levantarse.
Tenía una pequeña tienda cerca de mi casa. Durante cinco meses había depositado 200 o 300 pesos cada vez que podía.
Sacó un sobre de su bolsa y lo colocó en la canasta.
—Yo vine a celebrar un matrimonio, pero ese dinero le hace más falta a la niña.
Después se levantó una maestra.
Luego un mecánico, una pareja de comerciantes y varias personas que ni siquiera conocía.
Unos entregaron sus sobres. Otros hicieron transferencias directamente a una nueva cuenta que Arturo ayudó a habilitar bajo mi control, exclusivamente para los gastos médicos de Sofía.
No todos participaron. Algunos prefirieron quedarse sentados.
Pero nadie se atrevió a decir que mi hija debía esperar para proteger aquella boda.
Diego observaba cómo los invitados retiraban sus regalos.
—¡Ese dinero era nuestro! —gritó.
Arturo lo miró con una mezcla de tristeza y desprecio.
—Los regalos son voluntarios, muchacho. Nadie está obligado a darte nada. Y después de lo que acabamos de escuchar, deberías agradecer que todavía haya gente dispuesta a quedarse.
Mi hermano empezó a llorar.
No por Sofía.
Lloraba porque Fernanda se había ido, porque su boda estaba arruinada y porque las personas que quería impresionar acababan de conocerlo.
Cuando terminaron de reunir los sobres, doña Mercedes y dos invitados contaron el dinero delante de varios testigos.
Había 286 mil pesos.
Una cantidad enorme para mí.
Arturo realizó la transferencia de un millón 350 mil pesos al hospital mediante SPEI. Me mostró el comprobante y me pidió que confirmara su recepción con administración el lunes.
También me ayudó a resguardar los donativos nuevos y documentar quiénes habían autorizado destinarlos a Sofía.
—Usa ese dinero para la rehabilitación —me dijo—. Y mantén separados los fondos de la colecta original. De eso se encargarán las autoridades.
Yo ya no podía contener las lágrimas.
—No sé cómo agradecerle.
—Cuando tu hija pueda correr sin quedarse sin aire, me mandas una fotografía. Con eso estamos.
Mi madre me encontró cuando estaba saliendo del salón.
Ya no llevaba su sonrisa de anfitriona. El maquillaje se le había corrido y el vestido dorado parecía demasiado grande para ella.