No preguntó cómo estaba yo. Ni siquiera se acercó a mirar a sus nietas.
Arturo había prometido armar las cunas antes de darnos de alta. Cuando le señalé las cajas, bajó la mirada.
—Mamá tiene problemas del corazón. No podemos alterarla.
—¿Y las niñas dónde van a dormir?
—Por eso pensamos que lo mejor es que te vayas a Lagos de Moreno con tus papás —intervino Ofelia—. Tu madre fue enfermera; sabrá qué hacer. Regresas cuando las niñas estén más grandes.
—¿Cuánto más grandes?
Arturo se frotó la frente.
—Un año. Tal vez dos. No empieces, Mariana.
Creí haber escuchado mal. Yo había vendido un pequeño departamento que me dejó mi abuela para aportar seiscientos cincuenta mil pesos al enganche de aquella vivienda. Durante el embarazo también había pagado consultas, medicinas y buena parte de los artículos para las niñas. Ahora querían expulsarme como si hubiera llegado de visita.
—¿Y con qué las mantendré?
—Te depositaré tres mil pesos mensuales —respondió Arturo.
—¿Por las tres?
—Allá no pagarás renta —soltó mi suegra—. Tampoco seas ambiciosa.
Arturo golpeó una silla al levantarse. Julia y Sofía lloraron más fuerte. Valeria, en cambio, siguió inmóvil, con los ojitos abiertos. Recordé entonces que no había pasado el tamiz auditivo del hospital. La pediatra había pedido repetirlo. Se me heló la sangre, pero guardé silencio. No iba a confiarles otra preocupación a dos personas que ni siquiera querían escucharnos.
—Está bien —dije—. Me voy hoy.
Ofelia sonrió como si hubiera ganado una apuesta. No me vio fotografiar las cunas sin abrir ni sacar del escritorio una carpeta gris. Dentro guardaba comprobantes de transferencia, escrituras, recibos y una constancia donde aparecía el verdadero sueldo de Arturo: sesenta y ocho mil pesos mensuales.
Mi padre, don Ernesto, llegó esa noche en su camioneta de trabajo. Cargó las cajas sin pronunciar una queja. Antes de salir, Ofelia extendió la mano.
—Deja las llaves. Y no regreses llorando cuando se te acabe el dinero.
