Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements
—¡Si de verdad me amas, hoy interrumpes ese embarazo y no volvemos a hablar del asunto! —me dijo mi esposo mientras dejaba siete mil pesos sobre la mesa.
Dos horas después, estaba sentada en una clínica de la Ciudad de México, esperando mi turno, cuando le pregunté la hora a una desconocida. Al levantar ella el rostro, sentí que el corazón se me detenía.
Era la mujer que aparecía abrazada a mi esposo en una fotografía que él escondía en su oficina.
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y llevaba casi dos años casada con Diego. Hasta aquella mañana, todavía creía que nuestro matrimonio podía salvarse.
La clínica estaba en la colonia Doctores. Olía a desinfectante y café recalentado. Había siete mujeres esperando, todas en silencio.
Mi cita era a las once.
Diego me había dejado sola porque, según él, tenía una reunión importantísima con unos inversionistas.
—No hagas un drama, Mariana. Es un procedimiento médico. Cuando termines, me avisas.
Después me dio un beso en la frente y salió.
Desde que descubrimos mi embarazo, nueve semanas atrás, nuestra casa se había convertido en un lugar insoportable.
Yo quería ser madre. Él decía que todavía no teníamos dinero.
Rentábamos un departamento pequeño en Azcapotzalco. Yo ganaba dieciocho mil quinientos pesos como auxiliar contable. Diego, ingeniero en una constructora, aseguraba ganar veinticuatro mil.
Habíamos ahorrado casi cien mil pesos para el enganche de una vivienda, pero él había utilizado buena parte del dinero para cambiar su automóvil y remodelar nuestro departamento rentado.
Cuando le mostré la prueba positiva, ni siquiera sonrió.
—No podemos permitirnos un hijo.
Durante semanas insistió hasta hacerme creer que seguir adelante significaba destruir nuestro futuro.
También me advirtió que, si continuaba con el embarazo, tendría que arreglármelas sin él.
Mis padres habían fallecido tres años antes. No tenía hermanos y mis amistades más cercanas vivían lejos.
Tenía miedo.
Por eso estaba allí.
A las once y veinte, incapaz de seguir mirando las paredes, me volví hacia la muchacha sentada a mi derecha.
—Disculpa, ¿tienes la hora?
Ella levantó la cabeza.
Tenía unos veinticinco años, cabello negro recogido y unas ojeras profundas. Sus ojos me resultaron terriblemente familiares.
—Once veinte —respondió.
Entonces recordé aquella fotografía.
Un mes antes había llevado unos contratos olvidados a la oficina de Diego, en la colonia Roma. Mientras lo esperaba, encontré un portarretratos colocado boca abajo sobre su escritorio.