Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.
—Tu hija volverá a caminar, Miguel. Pero si sigues confiando en los médicos, vas a perderla igual que perdiste a tu esposa.
La mujer que pronunció aquellas palabras estaba parada detrás de mí, en una parada de autobús. Llevaba un rebozo rojo con flores bordadas y parecía tener unos sesenta años.
Yo sostenía a Sofía, mi hija de siete años, contra mi pecho. Sus piernas colgaban inmóviles y su cabecita descansaba sobre mi hombro.
Apenas veinticuatro horas antes había enterrado a Lucía, mi esposa.
Y aquella desconocida acababa de decir algo que nadie debía saber.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Alguien que puede ayudar a tu conejita.
Sentí que se me helaba la sangre.
Mi conejita.
Así llamaba Lucía a nuestra hija cuando estaban solas o cuando jugábamos los tres en casa. Era una expresión íntima, una pequeña costumbre que nunca utilizábamos delante de extraños.
—¿De dónde conoce ese apodo?
La mujer sonrió.
—Hay cosas que una madre deja pendientes, aunque ya no esté en este mundo.
Me llamo Miguel Hernández. Tengo treinta y nueve años y, hasta seis meses atrás, llevaba una vida bastante común. Trabajaba como encargado de mantenimiento en una empresa de Guadalajara. Lucía era auxiliar administrativa y nuestra Sofía era una niña inquieta que cantaba mientras desayunaba y corría por toda la casa.
Todo cambió aquella mañana en que Lucía perdió el conocimiento mientras conducía.
El automóvil chocó contra un muro. Nuestra hija sobrevivió sin lesiones graves en la columna ni en las piernas, pero después del accidente dejó de caminar.
Los especialistas nos explicaron que Sofía había desarrollado un trastorno neurológico funcional relacionado con el trauma. Su cerebro conservaba la capacidad de mover las piernas, pero había dejado de coordinar esos movimientos normalmente.
No podían asegurarnos cuándo mejoraría.
Lucía, además, había sufrido complicaciones médicas que terminaron costándole la vida después de meses de hospitalización.
Aquel jueves yo regresaba a casa con Sofía tras su última valoración hospitalaria.
Estaba agotado, endeudado y aterrorizado por la posibilidad de criar solo a una niña que apenas hablaba.