“¡Saquen a esa mocosa de aquí ahora mismo!”, exigió mi prometida en nuestro vuelo de 38 mil pesos. La sobrecargo que defendió a la niña resultó ser mi exesposa, desaparecida de mi vida desde hacía seis años. En lugar de discutir, observé el rostro de la pequeña y pregunté su edad. Aquella noche ordené revisar los correos antiguos de mi empresa. Lo que encontraron sobre mi prometida cambió todo.
—¡Saque a esa niña de clase ejecutiva ahora mismo o me encargo de que usted pierda su trabajo! ¡No pagué 38 mil pesos para viajar rodeada de mocosos!
El grito de Renata Villarreal hizo que todos los pasajeros voltearan.
El vuelo de Ciudad de México a Chicago llevaba apenas cuarenta minutos en el aire cuando mi prometida decidió humillar a una pequeña de seis años frente a todos.
Yo soy Alejandro Salazar, tengo 42 años y dirijo una empresa de tecnología con más de 300 empleados. Aquella mañana viajábamos para cerrar una adquisición millonaria.
Renata, mi directora de operaciones y prometida desde hacía seis meses, había organizado absolutamente todo.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que aquel vuelo iba a destruir nuestra relación.
Todo comenzó cuando una sobrecargo anunció el servicio de alimentos.
Su voz me dejó helado.
Era una voz suave, ligeramente ronca, con una manera muy particular de pronunciar las últimas palabras.
Una voz que no escuchaba desde hacía casi siete años.
—¿Qué tienes? —preguntó Renata al verme palidecer.
—Nada. Creí reconocer a alguien.
Pero cuando aquella mujer apareció empujando el carrito, comprendí que no estaba equivocado.
Era Lucía Mendoza.
Mi exesposa.
La mujer con la que me había casado convencido de que envejeceríamos juntos.44