Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements

  • Allí estaba mi esposo, abrazando a una joven frente al mar. Él llevaba la misma camisa blanca que compramos juntos en junio.
  • Supuestamente, durante julio había estado trabajando dos semanas en Puerto Vallarta.
  • Nunca tuve valor para preguntarle quién era ella.
  • Pero ahora estaba sentada junto a mí.
  • —Perdona —insistí—. ¿Tú trabajas en una constructora?
  • La muchacha se quedó rígida.
  • —¿Por qué?
  • —¿Conoces a Diego Hernández?
  • Su rostro perdió el color.
  • La carpeta que sostenía cayó al piso y varias hojas se dispersaron. Me incliné para ayudarla.
  • Entre los documentos vi una orden médica similar a la mía.
  • —¿Quién eres? —preguntó con la voz quebrada.
  • —Soy Mariana. La esposa de Diego.
  • Ella se llevó ambas manos a la boca.
  • —No puede ser… Él me aseguró que estaba divorciado.
  • Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
  • Entonces la muchacha comenzó a llorar.
  • —Me llamo Elena. Llevo cuatro meses saliendo con él. Te juro que no sabía que tenía esposa.
  • Quise gritar, pero lo que dijo después me dejó completamente paralizada.
  • —Mariana, yo también estoy embarazada de Diego. Y esta mañana él me dio dinero para venir a esta misma clínica.
  • PARTE 2
  • Me quedé mirando a Elena como si acabara de contarme una pesadilla.
  • Las dos esperábamos un procedimiento que ninguna había decidido con tranquilidad. Las dos estábamos allí porque el mismo hombre nos había hecho sentir que nuestros embarazos eran problemas que debíamos resolver solas.
  • —¿Podemos hablar afuera? —le pregunté.
  • Nos sentamos junto a una máquina de café, lejos de los consultorios.
  • Elena me contó que había conocido a Diego en julio. Trabajaba en el departamento de contabilidad de su empresa.
  • Él comenzó invitándola a desayunar. Después llegaron los mensajes cariñosos, los regalos y las promesas.
  • —Me dijo que su matrimonio había terminado. Que estaba ahorrando para comprar una casa y formar una familia conmigo.
  • Saqué mi teléfono y le mostré una fotografía de nuestra boda.
  • Elena rompió a llorar.
  • —Es el mismo traje que tenía puesto en una foto que me enseñó. Me aseguró que era de la boda de su hermano.
  • Cada explicación de Diego escondía otra mentira.
  • —¿Cuánto gana realmente? —pregunté.
  • —Cerca de cuarenta y dos mil pesos mensuales.
  • Sentí una punzada en el pecho.
  • Llevaba meses diciéndome que ganaba veinticuatro mil mientras yo aportaba casi todo mi sueldo a los gastos domésticos.
  • Pero Elena todavía tenía algo más que contarme.
  • —Hace tres semanas me pidió cuarenta y cinco mil pesos. Supuestamente necesitaba reparar su coche. Le presté mis ahorros y todavía no me devuelve nada.
  • Recordé que Diego había llegado a casa con un reloj nuevo y que recientemente había presumido de una supuesta bonificación.
  • No sabíamos cuántas mentiras quedaban por descubrir.
  • Antes de separarnos, intercambiamos números.
  • Ninguna volvió al consultorio aquel día. Decidimos darnos tiempo para pensar, buscar orientación médica y decidir libremente qué queríamos hacer con nuestros embarazos.
  • Regresé a casa y revisé los comprobantes de nómina que Diego guardaba en una carpeta del buró.
  • Elena tenía razón.
  • Había meses en los que ganaba más de cuarenta mil pesos.
  • También encontré recibos de restaurantes y una compra de joyería por doce mil ochocientos pesos. Ninguno correspondía a regalos que yo hubiera recibido.
  • Entonces recordé una aplicación de ubicación que ambos habíamos instalado voluntariamente cuando nos casamos.
  • En el historial compartido aparecían varias visitas de Diego a un edificio en la colonia Narvarte.
  • Siempre por las tardes.
  • Siempre cuando aseguraba estar trabajando hasta tarde.
  • A las tres recibí un mensaje de Elena.
  • «Mariana, averigüé algo peor. Diego pidió vacaciones para finales de noviembre. ¿Te dijo que iba a salir de viaje?»
  • Le respondí que no.
  • Minutos después llegó otro mensaje.
  • «Una compañera lo vio besándose con una mujer rubia. Tengo una fotografía de ellos en una comida de la empresa.»
  • Al abrirla, reconocí a mi esposo.
  • La mujer era alta, elegante y aparentaba unos treinta años.
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