El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.

  • PARTE 1
  • —¿Qué dinero quieres que te dé, Mariana? ¡El dueño del departamento se quedó con mi depósito! Mejor dime qué vamos a cenar, porque me estoy muriendo de hambre.
  • Daniel soltó aquellas palabras mientras entraba a mi departamento en Puebla, cargando una maleta deportiva y luciendo unos tenis blancos que seguramente costaban más de tres mil pesos.
  • Llevábamos año y medio de novios. Yo tenía treinta y dos años, trabajaba como florista y llevaba mucho tiempo ahorrando para comprar una casa. Daniel, de treinta y cinco, era vendedor de materiales para construcción.
  • Siempre hablaba de nuestro futuro.
  • —Primero compramos una casita, después nos casamos. No quiero empezar nuestro matrimonio pagando rentas toda la vida —repetía.
  • Por eso, cuando le propuse vivir juntos para compartir gastos y ahorrar más rápido, aceptó inmediatamente.
  • El problema comenzó desde el primer día.
  • Daniel aseguró que su antiguo casero le había retenido los doce mil pesos del depósito por unos supuestos daños. Me pareció extraño, especialmente cuando descubrí que también estrenaba chamarra, reloj y una loción carísima.
  • —Los compré en oferta, amor. Hay que saber aprovechar las oportunidades —explicó.
  • Decidí no discutir. Pensé que nuestra nueva vida merecía comenzar sin pleitos.
  • Qué equivocada estaba.
  • Durante las primeras semanas descubrí que Daniel comía como si estuviera alimentando a tres personas.
  • Yo preparaba arroz, pollo, verduras y guisados para que alcanzara el presupuesto. Él acababa con todo y todavía preguntaba qué había de postre.
  • —Mariana, necesitas comprar más carne. Un hombre que trabaja tanto como yo debe comer bien.
  • Mientras tanto, aparecían misteriosamente nuevas camisas, audífonos y accesorios para su computadora.
  • Todo lo conseguía, según él, con descuentos increíbles.
  • Pero cuando yo mencionaba la renta, el gas o el supermercado, siempre tenía una excusa.
  • —En la empresa están retrasando los pagos. Aguántame tantito.
  • Pasó un mes.
  • Yo pagué los doce mil quinientos pesos de renta, los servicios y prácticamente toda la comida. Incluso tuve que sacar dinero de mis ahorros.
  • Daniel no aportó ni un peso.
  • Y cada noche, a las ocho en punto, recibía la llamada de su madre, la señora Graciela.
  • —Hijito, ¿qué te dio de cenar Mariana?
  • —Verduras con pollo, mamá.
  • —¡Otra vez! Dile que compre buenos cortes de carne. Tú necesitas alimentarte como hombre, no como conejo.
  • Graciela tenía sesenta y tres años, estaba jubilada y vivía en una casa grande al otro lado de Puebla. Su mayor orgullo era un perro salchicha de concurso llamado Duque.
  • Yo procuraba respetarla, aunque sus comentarios me parecieran ofensivos.
  • Hasta que una noche de miércoles encontré el refrigerador prácticamente vacío.
  • Daniel estaba acostado viendo videos.
  • —Amor, ¿qué vamos a cenar? Ya no hay nada.
  • Me quedé mirándolo.
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