Mi esposo se llevó los cinco kilos de carne que pagué con mi salario y me dijo: “Las papas son para tu papá; mi mamá merece la carne”. Ni siquiera estaba invitada a su reunión familiar. En lugar de pelear, abrí el congelador y preparé un pequeño cambio. Cuando su madre abrió la hielera frente a doce invitados, comenzó un escándalo que nadie esperaba.
—¡La carne es mía porque yo la voy a llevar! ¡Tú quédate con las papas, que esas sí son de todos! —gritó Mauricio mientras metía cinco kilos de carne de res en una hielera azul.
Me quedé mirándolo, sin poder creer semejante descaro.
—¿Cómo que tuya? ¡Yo pagué los $3,750 pesos que costó esa carne! ¡Y también compré las papas!
Mi esposo soltó una carcajada, como si acabara de escuchar la tontería más grande del mundo.
—Ay, Mariana, no empieces con tus dramas. Mi mamá organizó una carne asada en su casa de campo y necesita que lleve algo bueno. Tú puedes ir con tu papá y prepararle unas papitas. Total, él es un hombre sencillo.
Sentí que la sangre me hervía.
Llevábamos ocho años casados y vivíamos en un departamento rentado en Puebla. Yo trabajaba diseñando jardines y arreglos florales para eventos. Mauricio era asesor de ventas en una empresa de materiales de construcción.
En teoría, nuestro dinero era de los dos.
En la práctica, mi sueldo pagaba la renta, la despensa, la luz, el agua y casi todos los gastos de la casa.
El dinero de Mauricio era un misterio.
Siempre tenía algún pretexto: que todavía no le depositaban, que había tenido que arreglar el coche o que estaba ahorrando para una emergencia.
Sin embargo, nunca le faltaba para videojuegos, accesorios del automóvil ni salidas con sus amigos.
Y ahora pretendía llevarse la carne que yo había comprado para una comida especial con mi padre.
Mi papá, don Ernesto, tenía 67 años. Había trabajado toda su vida como albañil y vivía en una pequeña casa con jardín en Atlixco.
La semana anterior habíamos acordado visitarlo el sábado.
Él pondría el carbón, las tortillas y sus famosas cebollitas asadas. Nosotros llevaríamos la carne.
Pero a última hora mi suegra, doña Graciela, decidió organizar una reunión con sus familiares y vecinos en su casa de descanso cerca de Valsequillo.
Naturalmente, yo no estaba invitada.
—Mi mamá todavía no se siente cómoda contigo —explicó Mauricio—. Mejor que esta vez no vayas.
—Pero sí se siente cómoda comiéndose lo que compro, ¿verdad?
—No seas grosera. Es mi madre.
Después agregó algo que terminó de abrirme los ojos:
—Además, cuando termine la reunión, a lo mejor te llevo unos pedacitos si sobra algo.
Lo dijo como si estuviera haciéndome un enorme favor.
Respiré profundamente.
—Está bien, Mauricio. Llévate la hielera.
Mi esposo sonrió satisfecho.
—Así me gusta, que seas razonable. Voy al baño antes de salir.