Él sonrió de una manera que no me gustó.
Durante las siguientes horas obedecí mi promesa. Permanecí junto a la mesa de aguas frescas, mirando ocasionalmente a Sofía bailar con sus amigas.
A las diez cincuenta y ocho, ella caminó hacia los baños.
Me dedicó una pequeña sonrisa.
Cinco minutos después todavía no regresaba.
Entonces advertí algo extraño: Sebastián y sus dos amigos también habían desaparecido.
Dejé mi vaso.
Caminé por el pasillo hasta encontrar el celular de Sofía tirado cerca de los lavabos. La pantalla estaba estrellada.
Una de las puertas de emergencia permanecía entreabierta.
Del otro lado llegaba un olor inconfundible.
Gasolina.
Tomé el extintor del pasillo y salí corriendo.
Encontré a mi hija sentada junto a una camioneta, en el estacionamiento trasero. Tenía el vestido empapado, una pequeña herida en la frente y los ojos abiertos de terror.
A sus pies había un bidón rojo volcado.
Sebastián estaba frente a ella, sosteniendo un encendedor.
Sus amigos grababan.
—¡Aléjate de mi hija! —grité.
Sebastián soltó una carcajada.
—Tranquilo, señor. Es contenido para mis seguidores. Su hijita quiso acusarme, así que ahora va a aprender lo que pasa con los soplones.
Sofía intentó levantarse, pero resbaló.
—Papá, por favor…
Sebastián levantó el encendedor y miró directamente a una de las cámaras.
—A ver si tu papi puede salvarte.
Y entonces hizo saltar la primera llama, justo frente a mi hija cubierta de gasolina.
PARTE 2
No recuerdo haber gritado cuando vi aquella llama.
Recuerdo el peso del extintor, el olor del combustible y los ojos de mi hija buscando los míos.
Descargué el polvo químico sobre la zona donde se había derramado la gasolina. La pequeña llamarada se apagó casi inmediatamente. Sebastián retrocedió, sorprendido, cuando otra descarga alcanzó su pantalón.
Soltó el encendedor.
Corrí hacia Sofía, la aparté del combustible y la cubrí con mi saco.
—Mírame, hija. Ya estoy aquí.
Ella comenzó a temblar entre mis brazos.
Entonces Sebastián se levantó furioso.
—¡Me arruinaste el video, viejo desgraciado!
Se lanzó contra nosotros. Intentó golpearme y agarrar el celular de Sofía, que había recogido del suelo. Le sujeté el brazo para impedirlo. Forcejeó violentamente, perdió el equilibrio y cayó sobre el pavimento.
Escuché un crujido.
