No funcionó.
—¡Daniel, tu madre cambió las cerraduras!
Comenzó a golpear la puerta.
—¡Doña Teresa, abra inmediatamente!
Teresa apareció detrás de la reja.
—¿Qué necesitan?
—¡Acaba de cancelar nuestra boda! —gritó Valeria.
—Cancelé los servicios que contraté con mi dinero.
Daniel se acercó, pálido.
—Mamá, no puedes hacernos esto.
Ya enviamos las invitaciones.
—Ayer me dijiste que debía salir de tu vida si no obedecía a Valeria.
—Estaba enojado.
—Lo repetiste por escrito.
Valeria intervino:
—Usted está destruyendo nuestro futuro por una fotografía vieja.
Teresa sostuvo su mirada.
—No.
Estoy dejando de pagar por personas que me faltan al respeto.
Luego sacó una copia del estado de cuenta.
—También quiero saber por qué utilizaste dinero de la boda para pagar un hotel, ropa y tratamientos personales.
Valeria dejó de gritar.
—Esos gastos estaban relacionados con la organización.
—Entonces podrás explicarlos con recibos.
Daniel miró los movimientos.
—¿Qué hotel, Valeria?
Ella le arrebató las hojas.
—¡No voy a permitir que tu madre revise nuestra vida privada!
Teresa no discutió.
Solamente le entregó a su hijo una segunda carpeta.
—Aquí están las cancelaciones.
Y aquí tienes algo más que deberías revisar antes de casarte.
Era la copia de la autorización con su firma cuestionada.
Daniel palideció.
—Valeria, ¿qué significa esto?
—No tengo que explicar nada frente a ella.
La pareja se marchó discutiendo.
Durante las siguientes semanas, familiares y conocidos llamaron a Teresa para acusarla de arruinar la boda.
Ella evitó enfrentamientos públicos.
Su abogada envió solicitudes escritas para aclarar los gastos y el origen del documento.
Daniel dejó de hablarle.
Pasaron 6 semanas.
Una tarde, Teresa recibió una llamada de Lucía, una de las amigas que había acompañado a Valeria el día de la fotografía.
—Señora Teresa, necesito contarle algo.
Su voz temblaba.
—Valeria tiene deudas que Daniel desconocía.
Intentaron conseguir un préstamo para pagar otra boda y él descubrió varios créditos atrasados.
