—No estamos diciendo que se la regales, hija. Solamente que pienses en el bienestar del niño.
—Esa casa la compré dos años antes de casarme. La pagué trabajando, mientras Marcos gastaba su dinero en negocios que nunca funcionaban.
Marcos finalmente se acercó.
—Ana, no hagas esto más complicado. Podemos llegar a un acuerdo.
Lo miré como si acabara de conocerlo.
—Quince años durmiendo a mi lado y todavía no sabes quién soy.
Salí de aquella casa sin escuchar una palabra más.
Conduje hasta mi hogar y me senté frente al árbol de Navidad que había decorado sola. Debajo estaban los regalos que había comprado para Marcos y sus padres.
Me quité los zapatos y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Pero alrededor de las tres de la madrugada recordé algo.
Dos meses antes, Marcos me había pedido que firmara unos documentos relacionados con su negocio.
—Necesito poner la casa como respaldo para conseguir mejores condiciones de financiamiento —me había explicado.
Me negué.
Discutimos durante dos días.
Después dejó de insistir.
En ese momento no le di importancia. Aquella noche, sin embargo, las palabras de mi suegra me hicieron sentir un miedo completamente diferente.
Fui al pequeño estudio, abrí mi archivero y saqué la escritura de la propiedad, los estados de cuenta y nuestras capitulaciones matrimoniales.
Nos habíamos casado bajo separación de bienes.
La escritura estaba únicamente a mi nombre.
Yo había terminado de pagar el crédito hipotecario dos años atrás.
A la mañana siguiente, Marcos apareció en la entrada.
—Ana, ábreme. Tenemos que hablar.
No quise discutir. Le pedí que esperara afuera y salí al jardín.
—Necesito explicarte lo de Valeria —comenzó.
—No necesito explicaciones sobre cómo la embarazaste.
Su expresión cambió.
—Siempre tienes que controlarlo todo. Por eso nuestro matrimonio terminó así.
Sentí una punzada en el pecho.
—Yo pagaba las cuentas porque tú nunca tenías dinero suficiente.
—Exactamente. Siempre el dinero, siempre tu trabajo. Nunca había tiempo para mí.
—¿Y encontraste tiempo para otra mujer porque yo estaba ocupada sosteniendo nuestra casa?
No respondió.
Entonces preguntó:
—¿Qué vas a hacer con la propiedad?
Ahí comprendí que no había venido para pedirme perdón.
—Voy a protegerla.
Marcos apretó la mandíbula.
—Después de quince años, también tengo derechos.
—Entonces que lo hablen nuestros abogados.
Le pedí que recogiera algunas pertenencias personales que preparé mientras él esperaba afuera. Acordamos que regresaría por lo demás cuando definiéramos nuestra separación.
