Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…
Daniela había llamado a Arturo desde temprano. Primero le pidió que hablara conmigo para hacerme entrar en razón. Después trató de convencerlo de que podríamos arreglarlo todo y que, con un poco de paciencia, yo terminaría cediendo.
Pero Arturo preguntó si existía algún otro inmueble que ella pudiera heredar próximamente.
Mi hermana respondió que no sabía. Él le dijo que era necesario pensar en la estabilidad económica antes de casarse, y prometió devolverle la llamada.
No lo hizo.
En cambio, aquella misma noche le envió un mensaje:
«Daniela, creo que nos apresuramos. Necesito concentrarme en mi carrera y no estoy listo para casarme. Es mejor cancelar la boda. Te pido que respetes mi decisión».
Después la bloqueó.
Resultó que Leonor llevaba semanas presentándole a Arturo a una investigadora llamada Rita, que trabajaba en la misma universidad. Rita tenía treinta y un años y había heredado de sus abuelos un departamento amplio en la colonia Roma. Según contó una conocida de la facultad, Leonor hablaba de esa propiedad con más entusiasmo que de las investigaciones de la muchacha.
Mi tía no podía asegurar que Arturo hubiera empezado otra relación. Pero sí sabía que, dos días después de cancelar la boda, él había asistido con Rita y con su madre a una comida familiar.
La coincidencia resultaba demasiado evidente.
Sentí rabia por mi hermana. Me había insultado y había intentado quedarse con mi casa, pero ninguna persona merece descubrir de esa manera que su pareja estaba calculando el valor de su patrimonio.
Durante los siguientes días, mi mamá me dejó nueve mensajes de voz. En los primeros me acusaba de haber arruinado la boda. En los siguientes me pedía dinero para cubrir anticipos del vestido, el salón y el pastel. En el último dijo que Daniela estaba tan deprimida que no quería levantarse de la cama.
—Lamento lo que le pasó a Daniela —le dije cuando finalmente llamé—. Pero no voy a pagar una boda que ustedes organizaron contando con mi dinero y con mi departamento. Y tampoco voy a firmar ninguna donación.
—¡Tu hermana está sufriendo!
—Lo sé. Yo también sufrí durante años, mamá. Solo que lo hacía en silencio y nadie se daba cuenta.
Ella guardó silencio unos segundos. Después preguntó si al menos podía prestarles cincuenta mil pesos.