Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…
—No, Arturo —contesté antes de que mi hermana pudiera inventar otra historia—. Daniela no tiene ningún inmueble a su nombre. Y mi departamento tampoco es suyo.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la llamada. Después escuchamos la voz de Leonor, que seguramente estaba junto a su hijo.
—Pero Valentina nos aseguró que la joven ya tenía dónde vivir. Hasta nos dijo que podían empezar la remodelación después de la boda.
—Mi madre les prometió algo que no le pertenece —aclaré—. Si quieren comprar una casa, son libres de hacerlo. Con su dinero.
Arturo carraspeó.
—Daniela, después hablamos. Necesito pensar algunas cosas.
—Mi amor, espera… —suplicó ella.
Él colgó.
Mi mamá trató de justificarlo.
—Seguro se molestó por el tono de Sofía. Los hombres de familias educadas no soportan estos espectáculos.
—No se molestó por mi tono —respondí—. Se molestó porque descubrió que no le van a regalar un departamento.
Mi padre seguía mirando la escritura. La conocía perfectamente. Años atrás, cuando falleció la abuela Rosa, él mismo había acompañado a mi mamá al notario para formalizar la herencia. Mi abuela había dispuesto que la casa de Clavería quedara en partes iguales para ellos y para mí. Decía que quería asegurarme un techo cuando creciera. Daniela era todavía una bebé y no figuraba entre los herederos de aquella propiedad.
—Esta casa vale aproximadamente seis millones de pesos —continué—. Mi parte podría representar cerca de dos millones, aunque habría que hacer un avalúo y revisar las condiciones de una posible venta. Si decido vender mis derechos, tendrán que respetarse los procedimientos y la preferencia que la ley reconoce a los demás copropietarios. Pero no pueden obligarme a renunciar a ellos.
Mi papá se quitó los lentes.
—Nosotros no tenemos dos millones, Sofía.
—Lo sé. Por eso no quería hablar de vender. Quería mudarme tranquilamente y seguir siendo su hija. Ustedes fueron quienes decidieron tratarme como si mis cosas les pertenecieran.
Mi mamá empezó a llorar, pero no eran las lágrimas silenciosas de alguien arrepentido. Gritaba que yo estaba destruyendo a la familia y que acabaría dejando a mis padres en la calle.
—Nadie los está echando —respondí—. Y nadie se ha quedado sin casa esta noche. Solo les estoy diciendo que dejen de amenazarme con quitarme la mía.
Daniela reaccionó de pronto.
—¡Todo esto lo haces porque me tienes envidia! ¡Arturo y yo sí vamos a casarnos! Tú vas a envejecer sola, rodeada de tus libros.
—Puede ser que viva sola, Dani. Pero nunca más voy a vivir sintiéndome una invitada en mi propia familia.
Mi papá bajó la cabeza. Mamá se apartó finalmente del pasillo. Nadie me ayudó a cargar las bolsas, así que hice dos viajes hasta el taxi que había pedido.
Antes de cerrar la puerta, escuché a mi mamá decir:
—Cuando necesites a esta familia, no vengas a buscarnos.
Al entrar en mi departamento encendí una lámpara pequeña que había comprado de oferta. Extendí una cobija sobre el piso, utilicé mi chamarra como almohada y me acosté mirando el techo blanco.
No tenía comedor, refrigerador ni cortinas. Tampoco tenía una sola persona gritándome qué debía hacer con mi dinero.
Dormí nueve horas seguidas.
A la mañana siguiente llegaron el colchón y un refrigerador compacto. Mientras acomodaba mis cosas recibí un mensaje de mi tía Patricia, hermana de mi papá. Ella siempre había sabido más de nuestra familia que el propio grupo de WhatsApp.
«Sofi, ¿es cierto que te fuiste? Aquí está pasando algo tremendo. Llámame cuando puedas».
Le marqué esa tarde. Su relato me dejó sin palabras.