Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…
—¡No puedes pintar de gris el departamento! ¿Qué no sabes que a Arturo ese color le provoca migrañas? ¡Vas a arruinarle su matrimonio a tu hermana antes de que empiece!
Mi mamá, Valentina, soltó aquellas palabras mientras golpeaba la mesa de la cocina con tanta fuerza que el gato, Churro, salió corriendo debajo del refrigerador.
Yo dejé la cuchara sobre mi plato y respiré profundamente.
—Mamá, Arturo es el prometido de Daniela, no el mío. Y ese departamento lo compré yo. Si quiero pintarlo de gris, verde o morado, es asunto mío.
—¡Qué egoísta te has vuelto, Sofía! —respondió indignada—. Tu hermana está a punto de casarse. Necesita comenzar su vida con el pie derecho. Tú, en cambio, ni novio tienes.
Aquella última frase me dolió más de lo que quise demostrar.
Me llamo Sofía Hernández, tengo treinta y tres años y trabajo como abogada de contratos en una constructora de la Ciudad de México. Durante cinco años ahorré cada peso que pude para juntar el enganche de mi propio departamento.
Renuncié a vacaciones, ropa nueva y salidas con mis amigas. Muchas veces llevé comida preparada desde casa para no gastar ni ochenta pesos en la calle.
Mientras tanto, mi hermana Daniela, de veintiséis años, vivía como si el dinero apareciera por arte de magia.
Nunca había conservado un trabajo más de tres meses. Mi mamá justificaba todo diciendo que Daniela era demasiado sensible para soportar jefes groseros.
Pero cuando yo llegaba cansada de la oficina, nadie preguntaba cómo me había ido.
Solo escuchaba:
—Sofía, falta pagar el internet.
—Sofía, compra el mandado.
—Sofía, préstale dinero a tu hermana.
Mi papá, Ernesto, prefería mantenerse al margen. Cada vez que había una discusión, se acomodaba los lentes y fingía estar concentrado en sus crucigramas.