Sonrió con tristeza.
—Hubo un tiempo en que mi hijo era un niño bueno, Daniela. No sé en qué momento lo perdí.
La caja comenzó a tocar su delicada melodía.
Recordé al Iván que años atrás me había acompañado a casa después de un turno agotador, al que me compraba comida cuando yo no tenía dinero y al que alguna vez creí incapaz de lastimarme.
—Yo también conocí esa parte buena de él —le dije—. Pero eso no borra todo lo demás.
Nos abrazamos.
Una semana después llegó una carta dirigida a las dos.
Era de Iván.
Contaba que estaba trabajando en un almacén de mercancías en el norte del país. Había comenzado a asistir a un grupo de apoyo para personas con problemas de apuestas y recibía atención psicológica.
No pedía dinero.
Solo quería disculparse.
Reconocía que había mentido, utilizado nuestras identidades y lastimado a las personas que más lo querían.
Doña Rebeca lloró al leer su parte de la carta.
