Acepté limpiar por una hora la casa de una millonaria porque mi esposo casi no me dejaba dinero para comer. Al mover una caja de música, esta cayó y dejó al descubierto varias fotografías suyas de niño. “Señora, ¿por qué tiene fotos de mi marido?”, pregunté tranquilamente. Ella empezó a llorar y me pidió que no le dijera nada. Días después, descubrí unos documentos por 165 mil pesos a mi nombre…

—Quiere venir a verme para mi cumpleaños. ¿Crees que debería aceptarlo?

—Creo que puedes escucharlo sin volver a entregarle tu confianza de inmediato —respondí—. Pero esa decisión es tuya.

Ella asintió.

—¿Y tú vas a contestarle?

—No. Espero que se recupere, pero nuestro matrimonio terminó por una razón.

A partir de entonces, Rebeca empezó a reconstruir lentamente su relación con su hijo, estableciendo límites que antes nunca había sabido mantener.

Yo también estaba reconstruyendo mi vida.

Y había alguien que, sin presionarme, se había convertido en una parte importante de ella.

Santiago.

El abogado comenzó a visitarme con frecuencia en las nuevas panaderías. Primero decía que necesitaba revisar contratos. Después aparecía para probar las conchas, los cuernitos o el pan de elote.

Una tarde encontré flores sobre mi escritorio.

La tarjeta decía:

«Felicidades por tus exámenes. Estoy muy orgulloso de ti. Santiago».

Doña Rebeca soltó una carcajada cuando me vio sonrojarme.

—Ay, Daniela. Ese hombre ha cruzado media Guadalajara tres veces esta semana solo para verte. ¿De verdad crees que viene por el pan?

Santiago terminó invitándome a cenar.

Le confesé que tenía miedo de volver a enamorarme.

—Entonces no tengamos prisa —respondió—. No tienes que demostrarme nada.

Fue precisamente aquella paciencia la que me permitió confiar otra vez.

Seis meses después nos casamos en el jardín de la casa de Rebeca.

No fue una boda ostentosa. Invitamos a empleados de las panaderías, amigos cercanos y familiares. Hubo música de mariachi, comida abundante y un pastel que prepararon especialmente los panaderos.

Yo llevaba un vestido blanco sencillo.

Santiago no dejaba de sonreírme.

Estábamos por comenzar el brindis cuando vi a un hombre detenido junto a la entrada.

Era Iván.

Vestía pantalones de trabajo, camisa limpia y botas gastadas. Había adelgazado y parecía mucho mayor.

Santiago se acercó discretamente.

—¿Quieres que hable con él?

—No. Puedo hacerlo yo.

Caminé hacia mi exmarido.

—No sabía que vendrías.

—Mi mamá me dijo que hoy te casabas. Quería entregarte algo y después marcharme.

Sacó un sobre de su bolsillo.

Dentro había dinero y comprobantes de transferencias.

—Es lo que saqué de tus ahorros y lo que te hice gastar por mis mentiras. He tardado meses en reunirlo. No compensa lo que hice, pero necesitaba empezar a devolver lo que te quité.

Lo miré sorprendida.

Por primera vez no estaba poniendo excusas.

—Gracias, Iván.

—Te ves feliz —murmuró.

—Lo soy.

Él respiró profundamente.

—Sé que nunca me vas a perdonar del todo.

—Tal vez algún día pueda perdonarte todo, pero eso no significa que tengamos que volver a estar juntos.

Asintió.

Antes de regresar con Santiago, recordé algo.

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