Había tardes en que regresaba con las manos lastimadas y se negaba a explicar dónde había estado.
Meses antes, unos estudiantes habían destrozado una parada de autobús cerca de la preparatoria.
Un testigo mencionó a un muchacho con sudadera gris y la policía interrogó a Emiliano.
Después descubrieron a los responsables, pero los vecinos siguieron murmurando.
—Ese muchacho anda en malos pasos.
Mariana había defendido a su hijo, aunque en silencio comenzaba a preguntarse si realmente sabía lo que estaba pasando con él.
Ahora, mientras conducía hacia su colonia, aquellas dudas la atormentaban.
¿Había golpeado a alguien?
¿Había dejado solo a Mateo?
¿Había ocurrido algo peor?
Al entrar en su calle distinguió una patrulla estacionada frente a su casa.
Frenó bruscamente.
El oficial Héctor Vargas estaba junto a la reja, cargando a Mateo, que dormía con su pijama de dinosaurios y unas botas rojas colocadas al revés.
Mariana bajó del automóvil.
—¡Mateo!
El oficial levantó una mano para tranquilizarla.
—Está bien, señora.
No tiene ninguna lesión.
Mariana abrazó al pequeño y le besó la frente.
Después miró hacia la puerta abierta.
—¿Dónde está Emiliano?
Héctor no respondió inmediatamente.
—Adentro.
—¿Está detenido?
—No.
—Entonces, ¿por qué me llamó de esa manera?
El policía observó al niño dormido y luego volvió los ojos hacia Mariana.
—Porque lo que hizo su hijo esta mañana es algo que usted necesita conocer.
Mariana dio un paso hacia la entrada.
En ese momento escuchó un ruido procedente de la cocina.
Emiliano apareció en el pasillo, pálido, con la sudadera manchada y ambas manos enrojecidas.
Al verla, bajó la mirada.
—Mamá, perdóname.
No pude quedarme en casa.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Pero antes de que pudiera exigirle una explicación, el oficial señaló las manos del muchacho.
—Señora, su hijo estuvo casi 7 minutos haciendo algo que muchos adultos no se atreverían a hacer.
Parte 2: Mariana miró las manos de Emiliano.
Tenía los nudillos raspados y una marca rojiza cerca de la muñeca.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
El muchacho no respondió.
El oficial Héctor Vargas le pidió que se sentara.
—Primero necesito aclararle algo.
Emiliano no cometió ningún delito.
Mariana cerró los ojos, aliviada, aunque seguía sin comprender.
—Entonces explíqueme qué pasó.
Héctor señaló hacia la casa de don Ernesto Robles, un viudo de 79 años que vivía 4 puertas más adelante.
Aquella mañana Mateo había insistido en salir para ver a los cachorros de una vecina.
Emiliano aceptó llevarlo a caminar unos minutos.
Cuando pasaban frente a la casa de don Ernesto escucharon un golpe.
El anciano estaba tirado junto a las macetas de su entrada.
