Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
—¿Qué acaba de decirme? —pregunté, mirándola fijamente.
Beatriz recuperó rápidamente su sonrisa.
—Nada que te importe. Si fueras inteligente, dejarías de hacer escándalos y aceptarías lo que mi hijo decida.
Aquellas palabras fueron suficientes. Mi suegra no solamente conocía la infidelidad: sabía que Ricardo estaba preparando algo contra mí.
Dejé el micrófono sobre la mesa, me disculpé con los novios por haber arruinado su celebración y salí del salón.
Mi teléfono comenzó a sonar antes de llegar al estacionamiento.
Era Ricardo.
—¡Estás loca! ¡Humillaste a mi madre frente a toda la familia!
—Qué curioso. No te preocupa haberme traicionado, sino que los demás se hayan enterado.
—Escúchame bien, Ana. Yo dirijo la empresa. Si sigues provocándome, voy a dejarte sin un peso.
Activé la grabación de la llamada.
—Mañana a las nueve habrá una asamblea extraordinaria de accionistas. Te recomiendo asistir.
Ricardo soltó una carcajada.
—¿Una asamblea? No tienes idea de cómo funciona el negocio. Sin mí, esa empresa no vale nada.
—Entonces mañana conocerás a alguien que piensa diferente.
Colgué.
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Durante las siguientes horas, el licenciado Miguel terminó de revisar los estatutos de AR Soluciones Digitales y la documentación de una operación que habíamos estado negociando discretamente.
La empresa tenía una oferta de compra por mis acciones de 180 millones de pesos.
El comprador era Horizonte Capital, un importante grupo de inversión dirigido por Alejandro Ortega.
A diferencia de Ricardo, Alejandro había estudiado nuestros estados financieros, el valor de nuestros contratos y el potencial de crecimiento de la compañía.
No necesitaba las promesas de mi esposo para reconocer lo que habíamos construido.
La mañana siguiente llegué a Santa Fe quince minutos antes de la reunión.
Ricardo me esperaba en su oficina con Karla.
—Te advertí que dejaras de causar problemas —dijo, golpeando el escritorio.
Karla cruzó los brazos.
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—Señora Ana, debería aceptar que su marido es quien mantiene funcionando esta empresa.
La miré detenidamente.
—¿También le enseñaron a decir eso mientras se probaba vestidos en mi casa?
Su rostro perdió el color.
Ricardo se levantó furioso.
—¡Basta! Aquí mando yo.
En ese momento, una asistente anunció la llegada de los representantes de Horizonte Capital.
Alejandro Ortega entró acompañado por dos abogados y una directora financiera.
Era un hombre de cuarenta años, elegante, de expresión tranquila y mirada firme.
—Buenos días, señora Ana —me saludó—. Los documentos están preparados.
Ricardo lo reconoció inmediatamente.
—Señor Ortega, ¿qué significa esto?
Alejandro abrió una carpeta.
—Su esposa ha celebrado con nuestro grupo un contrato de administración y representación de sus acciones, que comprende el ejercicio de sus derechos de voto. Además, hemos firmado un acuerdo para adquirir su participación, sujeto a las formalidades correspondientes.