Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
—¡Apúrate, Ricardo! Si tu esposa regresa y nos encuentra en su recámara, se va a volver loca —dijo la secretaria de mi marido mientras él le subía lentamente el cierre de un vestido rojo.
Me quedé inmóvil frente a la puerta entreabierta de nuestra habitación. Había regresado de un viaje de negocios a París un día antes de lo previsto, pensando sorprender a mi esposo después de diez años de matrimonio. Pero la sorprendida terminé siendo yo.
Karla, su secretaria de veintiocho años, estaba frente al espejo, sonriendo satisfecha. Ricardo tenía una rodilla apoyada en el suelo y acomodaba cuidadosamente la tela sobre su espalda.
—Tranquila, preciosa —respondió él—. Ana no sospecha nada. Además, ya tengo preparados los documentos del divorcio. Cuando llegue el momento, le quitaré lo que me corresponde de la empresa.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
En mis manos llevaba un reloj de lujo que había comprado para él durante el viaje. Se me resbaló y cayó sobre el mármol.
El ruido hizo que ambos guardaran silencio.
No grité. No abrí la puerta. Recogí el reloj roto y salí de aquella casa donde había construido mis mejores recuerdos.
Esa noche terminé en una cafetería de la Ciudad de México, mirando fotografías antiguas.
Conocí a Ricardo cuando todavía estudiábamos. No tenía dinero ni contactos, pero hablaba de sus sueños con tanta pasión que terminé creyendo en ellos.
Cuando nos casamos, mis padres me entregaron tres millones de pesos para comenzar nuestra vida. Invertí ese dinero en una empresa de tecnología que fundamos juntos: AR Soluciones Digitales.
Yo conseguí los primeros clientes, negocié contratos y trabajé hasta el último mes de mi embarazo. Ricardo se encargó de dirigir las operaciones.
Diez años después, nuestra compañía tenía oficinas en Santa Fe, más de ochenta empleados y contratos con importantes empresas nacionales.