Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
—El 69% de la compañía —respondió Alejandro—. Representamos a la accionista mayoritaria.
Mi esposo se volvió hacia mí.
—¡No puedes vender nuestra empresa!
—No estoy vendiendo tus acciones, Ricardo. Estoy disponiendo de las mías.
La asamblea se celebró conforme a los estatutos. Con los votos de mi participación y el respaldo de otros accionistas, Ricardo fue separado de la dirección general.
Alejandro asumió el cargo provisionalmente hasta completar la reorganización.
Por primera vez, vi a mi esposo sentado sin poder imponer sus órdenes.
Karla intentó abandonar discretamente la sala, pero la directora financiera pidió que permaneciera disponible para entregar los registros administrativos que tenía bajo su responsabilidad.
—Hemos detectado gastos corporativos que requieren una auditoría independiente —explicó Alejandro.
Ricardo empezó a sudar.
Entonces el licenciado Miguel me entregó una copia de los movimientos bancarios preliminares.
Había pagos de automóviles, joyas y departamentos. Algunas transferencias estaban relacionadas con Karla.
Pero una cuenta destacaba por encima de todas.
Durante dieciocho meses había recibido depósitos mensuales por cantidades importantes.
Leí el nombre de la beneficiaria y sentí un escalofrío.
Era Beatriz Mendoza.
Mi suegra.
La mujer que siempre decía que yo vivía gracias al esfuerzo de su hijo.
Levanté la mirada hacia Ricardo.
—¿Por qué tu madre recibió dinero de nuestra empresa?
Él no contestó.
Alejandro señaló el último movimiento de aquella cuenta.
—Ana, hay algo más. Ayer intentaron transferir otros doce millones de pesos.
Miré nuevamente el documento.
Y cuando descubrí el concepto de aquella transferencia, entendí que Ricardo no solamente planeaba divorciarse: estaba preparando la manera de dejarme sin nada.
PARTE 3
El concepto de la transferencia era: Honorarios por asesoría estratégica y adquisición de participación accionaria.
Debajo aparecía una referencia a un contrato que supuestamente yo había autorizado tres meses antes.
Lo recordaba perfectamente porque en esa fecha estaba hospitalizada, recuperándome de una cirugía de emergencia.
—Esa firma no es mía —dije.
Miguel examinó el documento.
—Por eso querían que viajaras a París. Mientras estabas fuera, pretendían completar el pago y utilizar ese supuesto contrato para justificar una operación que reduciría el patrimonio de la empresa.
Alejandro intervino:
—Nuestro equipo detectó la instrucción antes de que se ejecutara. El banco recibió una solicitud formal para revisar la operación y los accesos quedaron bajo investigación.
Ricardo intentó acercarse.
—Ana, puedo explicarte.
—Entonces empieza por explicarme por qué tu madre recibió casi cuatro millones de pesos de la compañía.
Su silencio fue la respuesta.
Durante las semanas siguientes, la auditoría descubrió que Beatriz había facturado servicios inexistentes mediante una pequeña sociedad registrada a nombre de un familiar. Ricardo había aprobado los pagos aprovechando sus facultades como director.
Parte del dinero terminó financiando un departamento para Karla en la colonia Del Valle. Otra parte había servido para comprar un automóvil y pagar gastos personales de mi suegra.
Lo más doloroso fue descubrir que las transferencias comenzaron poco después del nacimiento de nuestra hija.
Mientras yo me recuperaba del parto y trataba de mantener funcionando la empresa desde casa, mi esposo aprovechaba mi ausencia para sacar dinero.