Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
Yo conservaba el 69% de las acciones. Ricardo tenía el 21% y otros inversionistas poseían el resto.
Sin embargo, durante los últimos años, mi esposo había comenzado a presentarse como el único responsable de nuestro éxito.
Hasta aquella noche había permitido que lo hiciera por mantener la paz familiar.
A las dos de la madrugada llamé al licenciado Miguel Salcedo, viejo amigo de mi padre y especialista en derecho corporativo.
—Don Miguel, necesito proteger mis acciones y encontrar un comprador. También quiero divorciarme.
—¿Ricardo sabe que estás haciendo esto?
—Todavía no. Y necesito que siga siendo así.
A la mañana siguiente regresé a casa como si nada hubiera sucedido.
Ricardo me recibió con una sonrisa y un desayuno que incluía queso, aunque sabía perfectamente que yo era intolerante a la lactosa.
—Mi amor, deberías descansar y dejarme manejar la empresa —propuso—. Tú ya trabajaste demasiado. Ahora déjame ocuparme de todo.
Sonreí.
—Quizá tengas razón.
Su expresión de alivio confirmó mis sospechas.
Esa misma tarde llamó mi suegra, Beatriz.
—Ana, el sábado se casa mi sobrina. Quiero que entregues un sobre generoso. No vayas a dejarnos en ridículo frente a la familia.
Durante diez años aquella mujer me había tratado como una intrusa, aunque disfrutaba presumiendo el dinero que yo ganaba.
—No se preocupe, señora Beatriz. Llevaré algo que nadie olvidará.
El sábado llegué elegantemente vestida al salón de fiestas en Polanco. Mi suegra me presentó ante todos como la esposa del exitoso empresario Ricardo Mendoza.
Cuando llegó el momento de entregar nuestro regalo, saqué un sobre grueso.
Beatriz sonrió orgullosa.
Pero al abrirlo frente a los invitados, dejé caer únicamente veinte pesos y varias hojas blancas.
—¡Ana! ¿Qué vergüenza es esta? —gritó mi suegra.
Tomé el micrófono y respondí:
—Pregúntele a su hijo por qué está preparando nuestro divorcio. Y de paso, pregúntele quién estuvo anoche usando mi vestido favorito en nuestra recámara.
El salón quedó completamente en silencio.
Entonces mi suegra se acercó y me susurró algo que me hizo comprender que la traición era mucho más grande de lo que imaginaba.
—Tonta, tú no sabes lo que Ricardo y yo ya tenemos preparado para ti.