Mary aparecía sonriendo, sosteniendo unos zapatitos diminutos que había comprado antes de que supiéramos que esperábamos gemelas.
—Estaba tan feliz —susurró su madre.
—Sí, lo estaba.
Bajó la mirada.
—Antes de tu boda, Mary finalmente me contó cuánto la había marcado aquella noche.
—¿Le pidió perdón?
—Por supuesto.
—¿La perdonó?
—Me dijo que sabía que la quería. Solo deseaba haberlo sabido cuando todavía era una niña.
Me senté.
—Cuando se quedó embarazada, volvió a hablar de aquello —continuó su madre—. Me dijo que no soportaría la idea de que sus hijas llegaran a sentirse no deseadas si a ella le ocurría algo.
—¿Qué le respondió?
—Le prometí que estaría allí para ellas. Pasara lo que pasara.
Me quedé mirando el sobre.
—Y después desapareció.
Se estremeció.
—Sí.
En ese momento recordé algo.
Unas semanas antes del parto, Mary y yo estábamos acostados en la cama. Una de las bebés dio una patada tan fuerte que su vientre se movió visiblemente.
Me reí.
Mary no.
—Si me pasara algo, ¿alguna vez desearías que no hubiéramos tenido a estas niñas?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Por favor. Solo contéstame.
—Por supuesto que no.
—¿Aunque me echaras de menos?
Me volví hacia ella.
—Te echaría de menos todos los días. Pero también las amaría todos los días.
