Ahora ambos me observaban como si estuvieran expulsando a una empleada incompetente.
Tomé a Sombra, recogí mis documentos y caminé hacia la puerta.
—Mañana voy a iniciar el divorcio —anuncié.
Carmen se acercó.
—Regresarás llorando. Mi hijo tiene departamento, camioneta y trabajo. Tú no tienes nada.
La miré por última vez.
—Eso está por verse.
Entonces Héctor soltó una carcajada.
—¡Ah, y ni se te ocurra pedirme dinero! Este departamento está a mi nombre. Todo lo que pagaste fue porque eras mi esposa.
Carmen abrió los brazos, orgullosa.
—¡Exactamente! Hasta el último mosaico que compraste le pertenece a mi hijo. ¡Y no vas a recuperar ni un peso!
Cerré la puerta sin discutir.
Ellos todavía no sabían que yo había conservado algo mucho más importante que las llaves de aquel departamento.
Y cuando descubrieran lo que era, entenderían por qué nunca debieron burlarse de una contadora que guardaba absolutamente todos sus comprobantes.
PARTE 2
La primera noche después de abandonar a Héctor dormí en un departamento antiguo de la colonia Narvarte, sobre un colchón que todavía estaba envuelto en plástico.
Mi abuela Elena me había donado aquel inmueble tres semanas antes.
Tenía 78 años y vivía con mi tío desde hacía tiempo. Durante varios años había rentado el departamento a estudiantes, pero cuando los últimos inquilinos se marcharon decidió ponerlo a mi nombre mediante una escritura notarial.
—Quiero saber que siempre tendrás un techo propio, mijita —me había dicho.
No le conté a Héctor porque estaba esperando nuestro aniversario para darle la noticia.
Aquella demora terminó siendo mi salvación.
A la mañana siguiente preparé café, abrí mi computadora y entré a mis cuentas bancarias.
Descargué dos años completos de movimientos.
Cada transferencia tenía fecha, cantidad y concepto.
Nunca había entregado dinero en efectivo para pagar la hipoteca de Héctor. Siempre depositaba directamente a la cuenta vinculada con su crédito o transfería a su nombre indicando claramente el destino.
También había guardado las facturas de la remodelación.
Los pisos, la cocina integral, los clósets y los baños habían sido pagados con mis tarjetas.
Abrí una hoja de cálculo.
Ochocientos setenta mil pesos destinados al crédito hipotecario.
Cuatrocientos mil pesos entre materiales, muebles fijos y mano de obra.
Total: 1,270,000 pesos.
Me quedé mirando aquella cantidad.
No era solamente dinero.
Eran los domingos que no pasé con mi abuela. Las cenas canceladas con mis amigas. Las vacaciones que siempre pospuse.
Era mi vida convertida en pisos relucientes de un departamento ajeno.
Entonces recordé una conversación ocurrida poco antes de nuestra boda.
Héctor había aceptado casarnos bajo separación de bienes. También habíamos firmado un convenio privado porque yo no quería invertir mis ahorros en una propiedad que legalmente pertenecía exclusivamente a él.
En ese documento, Héctor reconocía que mis aportaciones extraordinarias al crédito y a las mejoras del inmueble no serían regalos.
Se comprometía a reintegrar las cantidades comprobadas si nos separábamos antes de comprar nuestra futura vivienda conjunta.
Carmen se había burlado de mí cuando insistí en firmarlo.
