PARTE 1
—¡Con esos suéteres aguados y esa cara de cansada, no sé cómo mi hijo te aguantó dos años! ¡Héctor merece una mujer bonita, no una calculadora con piernas!
Mi suegra, Carmen, estaba parada en la puerta de nuestra recámara, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción que jamás olvidaré.
Yo seguí guardando mi ropa en una maleta.
Me llamo Adriana, tengo 34 años y soy contadora. Durante dos años trabajé hasta catorce horas diarias para construir lo que creía que sería el futuro de mi matrimonio.
Aquella tarde descubrí que, para mi esposo y su madre, yo solamente había sido una fuente de dinero.
—Ya déjala, mamá —dijo Héctor desde la sala, mientras comía cacahuates frente al televisor—. Si quiere largarse, que se largue. A ver cuánto tarda en regresar.
Carmen soltó una carcajada.
—¡Exactamente! ¿Quién va a querer a una divorciada que solamente sabe hablar de impuestos?
No contesté.
Acomodé la transportadora de Sombra, mi gato negro, junto a la maleta. Era el único habitante de aquel departamento que parecía preocupado por mi partida.
Dos años antes, Héctor y yo nos habíamos casado en la Ciudad de México.
Él tenía un departamento pequeño en la colonia Del Valle, comprado mediante un crédito hipotecario antes de conocerme.
Todavía debía una cantidad considerable al banco.
Su madre nos había reunido una tarde para proponernos un plan.
—Si Adriana ayuda a pagar el crédito y los dos ahorran, pronto podrán comprar una casa más grande. Piensen en sus futuros hijos.
Me pareció razonable.
