“¿Por qué renunciaste a tu segundo trabajo después de divorciarte de mi hijo y ahora te la pasas en salones?”, me gritó mi exsuegra al verme tan arreglada. No le expliqué que ya no mantenía a nadie ni pagaba una hipoteca ajena. Solamente le pregunté si su hijo le había contado lo de la demanda. Su respuesta me hizo comprender que todavía ignoraba lo peor…

Héctor prometió reducir sus gastos. Yo acepté buscar ingresos adicionales.

Pero solamente uno de nosotros cumplió.

Además de trabajar como contadora en una empresa de distribución, comencé a llevar la contabilidad de tres negocios pequeños.

Trabajaba por las noches, los sábados y algunos domingos.

Dejé de comprar ropa. Cancelé las vacaciones. Durante meses dormí apenas cinco horas.

Mientras tanto, Héctor cambiaba de celular, salía con sus amigos y gastaba cantidades absurdas en accesorios para su camioneta.

Cuando reclamaba, Carmen intervenía.

—Una buena esposa no anda contando lo que le da a su marido.

Yo me callaba porque pensaba que estábamos construyendo algo juntos.

Hasta el viernes anterior.

Héctor me había dicho que viajaría a Querétaro con unos compañeros de trabajo.

Aquella noche, mientras terminaba una declaración fiscal, su tableta recibió una notificación.

Las fotografías de su teléfono se habían sincronizado automáticamente.

Vi a mi esposo abrazando a Ximena, una empleada de 26 años de su oficina.

Estaban en un hotel.

Ella llevaba una bata blanca y sostenía un celular último modelo.

Después encontré una notificación bancaria: Héctor había contratado un crédito personal para comprarle aquel regalo.

Mientras yo sacrificaba mis descansos para pagar su departamento, él se endeudaba para consentir a su amante.

No grité.

No rompí nada.

Simplemente preparé mis maletas.

Al día siguiente, cuando Héctor regresó, le mostré las fotografías.

Ni siquiera intentó negarlo.

—Ya no me haces feliz, Adriana. Siempre estás cansada. Ximena sí sabe disfrutar la vida.

Después llamó a su madre.

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