—¿Entonces qué significa esto para nosotros?
Miré las cajas.
—Significa que no voy a continuar nuestra relación.
Se quedó callada unos segundos.
—Me prometiste que algún día estaríamos juntos.
—Lo sé.
Y no debí hacerlo.
Renata empezó a reclamarme, pero ya no intenté convencerla de nada.
Le pedí disculpas por las promesas que había hecho y terminé la llamada.
No la culpaba por haber destruido mi matrimonio.
Yo había sido quien mintió, quien ignoró a su esposa y quien eligió la admiración de otra mujer antes que enfrentar sus propios errores.
A la mañana siguiente fui al despacho de mi abogado, Arturo Salcedo.
Le entregué los documentos del divorcio.
—Quiero hablar con Valeria —le dije.
Arturo revisó las hojas.
—Su representante legal nos pidió que toda comunicación se hiciera mediante los abogados.
—Es mi esposa.
—Y también es una persona que tiene derecho a decidir que no quiere hablar contigo.
Aquellas palabras me incomodaron.
Durante años había dado instrucciones y esperado que todos las cumplieran.
Ahora ni siquiera podía conseguir una conversación.
—¿Puedo detener el divorcio?
Arturo me miró por encima de sus lentes.
—Puedes intentar una reconciliación, Gabriel.
Pero no puedes obligarla a regresar.
Guardé silencio.
—Hay algo más que debemos revisar —continuó.
Colocó frente a mí un expediente antiguo de la empresa.
Contenía fotografías de nuestras primeras colecciones, contratos y registros de diseños.
En varios documentos aparecía el nombre de Valeria como creadora de patrones y responsable de producción.
—Tu esposa contribuyó directamente al nacimiento de Mendoza Atelier.
Tendremos que revisar sus derechos y el valor de esa participación.
Observé una fotografía en la que aparecíamos trabajando sobre una mesa de madera.
Ella sostenía unas tijeras.
Yo estaba inclinado sobre un vestido.
Los dos sonreíamos.
Durante años había mostrado aquellas imágenes en entrevistas, pero siempre me había referido a Valeria como mi esposa, nunca como la mujer que había hecho posible gran parte de mi trabajo.
—Quiero que se reconozca lo que le corresponde —respondí.
Arturo levantó la vista.
—Eso debe hacerse correctamente, no como una forma de convencerla de volver.
—Lo entiendo.
Y esta vez hablaba en serio.
Durante las siguientes semanas intenté escribirle varias cartas.
En la primera le pedía otra oportunidad.
En la segunda le prometía cambiar.
En la tercera le explicaba cuánto la extrañaba.
No envié ninguna.
Todas hablaban de lo que yo quería.
Ninguna podía devolverle la semana que había pasado en el hospital.
Comencé a acudir con una psicóloga.
Durante la primera sesión le conté que necesitaba recuperar a Valeria.
La doctora escuchó pacientemente.
Después preguntó:
—Si su esposa regresara mañana, ¿qué sería diferente para ella?
Empecé a hablar de reducir mis viajes y comprar una casa más pequeña.
La doctora me interrumpió.
—Le pregunté qué sería diferente para ella, no qué cosas piensa comprar o modificar.
No supe qué responder.
Aquella pregunta me acompañó durante meses.
Empecé a delegar responsabilidades en la empresa.
