Pasé 7 días con mi amante convencido de que mi esposa, después de 15 años de matrimonio, seguiría esperándome. Al volver, su armario estaba vacío y había 7 cajas junto a nuestra cama. Solo dije: “¿Qué hiciste?”. Entonces abrí la quinta y encontré una foto suya en un hospital, tomada mientras yo estaba de viaje… pero lo escrito detrás fue mucho peor.

Se limpió una lágrima.

—La esperanza de que algún día volvieras a ser el hombre que conocí.

La pantalla se oscureció.

Pensé que había terminado.

Pero apareció un último mensaje.

“Si todavía crees que te dejé por Renata, busca el sobre que guardé debajo de nuestra fotografía de boda.

Allí está lo que realmente quería pedirte antes de que viajaras”.

Volví a abrir la cuarta caja.

Levanté la fotografía.

Debajo había un sobre color crema.

Lo abrí.

Adentro encontré una lista de 7 días escrita por Valeria.

Y cuando leí lo que había planeado para nosotros, comprendí que no había perdido a mi esposa durante aquella semana en Roma.

La había perdido justo antes de viajar, cuando todavía podía haber elegido quedarme.

Parte 3

La hoja estaba doblada en 3 partes.

En la parte superior había una fecha escrita 8 días antes de mi viaje.

Debajo aparecía una lista.

Lunes: Desayunar juntos.

Martes: Caminar por el jardín.

Miércoles: Contarle a Gabriel que tengo miedo.

Jueves: Cirugía.

Viernes: Regresar a casa y descansar.

Sábado: Pasar el día juntos.

Domingo: Empezar de nuevo.

Leí la última frase varias veces.

Empezar de nuevo.

No había pedido un viaje, una joya ni una fiesta.

Había planeado una semana en la que pudiéramos hablar, enfrentar su operación y decidir si nuestro matrimonio todavía tenía futuro.

Y yo había elegido irme con Renata.

Me quedé sentado en el suelo hasta que oscureció.

Por primera vez en años, nuestra mansión me pareció demasiado grande.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era Renata.

—¿Ya llegaste? —preguntó alegremente—.

Estaba pensando que podríamos pasar el próximo fin de semana en Cancún.

No contesté.

—Gabriel, ¿me escuchas?

—Valeria se fue.

Hubo un silencio.

—Bueno… supongo que tarde o temprano iba a enterarse.

Cerré los ojos.

—Estuvo hospitalizada mientras estábamos en Roma.

—Yo no sabía nada de eso.

—Yo tampoco.

Porque nunca quise escucharla.

Renata suspiró.

—No puedes culparte por todo.

Tu matrimonio llevaba años mal.

—Precisamente.

Y yo hice todo para empeorarlo.

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