La palabra cayó como una piedra.
—Cuando vi las llamas, escapé por atrás. Mauricio me llamó esa noche y dijo que si hablaba haría parecer que todo había sido idea mía. Me escondí, cambié de nombre y empecé otra vida.
Alejandra la miró con desprecio.
—¿Y Ernesto?
Lorena bajó la cabeza.
—Era bueno conmigo. Tenía casa, ahorros, seguro… pero todo estaba destinado a sus hijos.
Alejandra comprendió.
—¿Qué le hiciste?
—Manipulé una manguera del sistema de frenos. Pensé que parecería un accidente.
Alejandra sintió náuseas.
—Lleva casi dos años en coma.
—Ya lo sé.
—Y esperabas que muriera para quedarte con lo suyo.
Lorena no respondió.
Ese silencio bastó.
Alejandra sacó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Lorena no trató de detenerla.
—Hazlo.
La detención de Lorena terminó de confirmar la confesión de Mauricio.
Los investigadores reconstruyeron el incendio: Lorena dejó material inflamable en el área de corte y Mauricio desactivó una cámara exterior. Después él ayudó a sostener la versión de la falla eléctrica y aprovechó el encarcelamiento de Alejandra para vender maquinaria y mover dinero.
La nueva audiencia fue muy distinta de la primera.
Esta vez Alejandra no se sentó como acusada.
Se sentó como víctima.
El juez anuló su sentencia y ordenó iniciar el proceso de reparación del daño.
Cuando escuchó la resolución, Alejandra lloró.
No por alegría.
Por los cuatro años que nadie podía devolverle.
Por Marta.
Por su madre, que le había enseñado a coser y ya no estaba.
Por la mujer que ella había sido antes de que todos la señalaran.
Antes de abandonar el tribunal, Alejandra pidió entrar unos minutos a la sala vacía. Se sentó en una de las bancas del fondo y miró el lugar donde años antes había escuchado una sentencia que la convirtió, para todos, en “la dueña irresponsable que mató a una empleada”.
Recordó las visitas que nunca llegaron, los cumpleaños pasados contando grietas en una pared y las noches en que despertaba convencida de oler humo. También recordó a su madre, que le había enseñado a coser cuando no tenían dinero para comprar ropa nueva.
—No recuperé esos años —murmuró—, pero tampoco voy a regalarles los que me quedan.
