—Pensé que ya no volvías.
—¿Me vas a descontar el día?
—No seas abusiva. Te guardé mole con arroz.
Alejandra sonrió.
Días después, Arturo Barragán fue a verla.
Se sentó en una mesa de plástico y le extendió la mano.
—Usted me salvó la vida.
—Encontré algo y no podía ignorarlo.
Arturo observó su uniforme de limpieza.
—Me dijeron que tenía una fábrica textil.
—Tenía.
—Cuando esto termine, quiero hablar de eso.
Alejandra no respondió. Había aprendido a desconfiar de las promesas.
Su mayor preocupación seguían siendo Diego y Sofía.
Los acompañaba al hospital cuando podían visitar a su padre, Ernesto. La madrastra, Verónica, aparecía poco y siempre se quejaba del costo del tratamiento.
—No podemos gastar todo en alguien que quizá nunca despierte —repetía.
Un día Diego llegó llorando de rabia.
—Verónica quiere mover a mi papá a una clínica barata. Dice que ya no pagará.
Alejandra acudió con un abogado y reportó posible mal uso del dinero del seguro y negligencia hacia los menores. Pero Verónica tenía documentos que la acreditaban como representante legal de Ernesto.
—Necesitamos pruebas —le explicó el abogado.
Alejandra decidió hablar con ella.
Subió al edificio de los niños y tocó la puerta.
Cuando se abrió, sintió que el mundo se detenía.
La mujer frente a ella llevaba otro corte de cabello, otro color y había cambiado mucho de peso.
Pero los ojos eran los mismos.
—Lorena…
La mujer palideció.
—Se equivoca.
—Trabajabas en mi fábrica.
Verónica intentó cerrar.
—Mauricio ya confesó.
La mujer dejó de empujar.
Después de unos segundos, retrocedió.
—Pasa.
Alejandra entró.
—¿Por qué cambiaste de nombre?
Lorena empezó a llorar.
Mauricio la había contactado meses antes del incendio. Le ofreció dinero para iniciar un fuego “controlado” en el almacén. Le prometió que no habría nadie y que el seguro pagaría.
—Yo no sabía que Marta estaba en turno extra —dijo.
—Pero prendiste el fuego.
—Sí.
