PARTE 1
—¿Quién dejó entrar a la señora de la limpieza? Hoy tenemos evento privado.
Alejandra se quedó inmóvil en la puerta del salón. Seis horas antes había salido del centro de reinserción con una bolsa de plástico, dos mudas de ropa y una dirección escrita en un papel arrugado. Había pasado cuatro años encerrada por el incendio de su fábrica, un incendio que siempre juró no haber provocado.
Ahora estaba en un corporativo de Santa Fe, empapada por la lluvia, mirando al hombre que había sido su esposo.
Mauricio estaba irreconocible. Traje oscuro, reloj caro, copa en la mano. A su lado, una joven de vestido verde se aferraba a su brazo mientras un hombre canoso brindaba.
—Por Mauricio Salgado, nuestro nuevo subdirector. Y, si todo sale como esperamos, muy pronto también será parte de la familia.
Hubo aplausos.
Alejandra se quitó el pañuelo mojado.
Mauricio la reconoció y palideció.
—¿Ale?
La joven frunció el ceño.
—¿Quién es, amor?
—Una pariente lejana. Ahorita regreso, Renata.
Mauricio sacó a Alejandra al pasillo.
—¿Qué haces aquí? ¿Te escapaste?
—Me dieron libertad anticipada por buena conducta. Te busqué ocho meses. No contestaste nada. Pensé que te había pasado algo.
Él soltó una risa seca.
—A mí no me pasó nada. La que arruinó su vida fuiste tú.
—Yo no provoqué ese incendio. Tú lo sabes.
—Eso ya no importa.
Entonces dijo la frase que terminó de romperla:
—Me divorcié de ti hace tres años.
—¿Mientras yo estaba encerrada?
—Tenía que seguir con mi vida. Renata es hija de Arturo Barragán, el dueño del grupo. Nos casamos el próximo mes.
Alejandra sintió que le temblaban las piernas.
Años atrás había empezado como costurera en Naucalpan. Con esfuerzo abrió un taller, luego compró una vieja fábrica textil y consiguió contratos importantes. Después llegó el incendio. Una trabajadora murió. El peritaje habló de una falla eléctrica y la fiscalía la responsabilizó por no haber renovado el cableado. Mauricio prometió ayudarla, pero consiguió un abogado mediocre y fue alejándose hasta desaparecer.
Ahora la miraba como si fuera basura.
—No vuelvas a buscarme —dijo él—. Si apareces otra vez, voy a denunciar que me acosas. Con tu situación, cualquier problema puede mandarte de regreso.
Sacó unos billetes.
—Toma. Para que consigas dónde dormir.
Alejandra dejó caer el dinero y salió bajo la lluvia.
