—Necesito hablar con el señor Barragán. Su vida corre peligro.
—Claro. Y yo soy el presidente.
En ese momento Mauricio salió del edificio.
Cuando la vio, su expresión cambió.
—Te advertí.
—Escúchame. Encontré algo tuyo.
Por primera vez, Mauricio pareció asustarse.
—¿Qué encontraste?
Alejandra comprendió que había tocado un nervio.
—Una memoria.
El rostro de Mauricio se vació.
Luego tomó su teléfono.
—Seguridad, no la dejen ir.
Diez minutos después llegó una patrulla. Mauricio aseguró que su exesposa lo estaba siguiendo, que acababa de salir de prisión y que temía por su seguridad.
Alejandra trató de explicar lo de la grabación.
—Traigo pruebas de que están planeando matar al señor Barragán.
En la agencia del Ministerio Público, un comandante cansado escuchó a medias su historia.
—¿Una conspiración de asesinato en una USB robada por unos menores? Señora, entiéndame cómo suena eso.
—Escúchela. Sólo escúchela.
Alejandra puso la memoria sobre el escritorio.
El hombre la tomó, la miró y la dejó caer en una caja con papeles destinados a basura y objetos sin valor.
—Primero vamos a aclarar la denuncia de su exmarido y su situación de supervisión.
—¡Pero pueden matar a ese señor hoy!
Nadie respondió.
La llevaron a una celda de espera.
Alejandra se sentó en una banca de concreto con la cabeza entre las manos. Pensó en la fábrica, en los cuatro años perdidos, en Diego y Sofía, en Mauricio celebrando su próximo matrimonio mientras Arturo Barragán quizá bebía sin saber que alguien contaba sus días.
Afuera, un joven auxiliar llamado Emiliano recogía papeles del área de recepción.
Al levantar la caja vio la memoria.
—¿Y esto?
Nadie le contestó.
Recordó haber oído a la mujer gritar que contenía una amenaza de muerte.
La curiosidad pudo más.
Emiliano llevó la USB a una computadora, conectó unos audífonos y abrió el archivo.
A los pocos minutos se quedó completamente inmóvil.
Volvió a escucharlo desde el principio.
Luego se levantó tan rápido que tiró la silla.
—Licenciado… tiene que oír esto ahora mismo.
