“No me arruines la vida; si vuelves, llamaré a la policía”, me dijo mi esposo minutos después de fingir que yo era una desconocida frente a su futura esposa. Yo acababa de recuperar la libertad tras 4 años y ni siquiera tenía dónde dormir. No le rogué nada. Me marché con mi bolsa vieja… pero tres días después apareció una cartera, una USB y un audio donde su voz hablaba de algo mucho peor que mi encarcelamiento.

Frente al estacionamiento vio a dos niños, un muchacho de trece años y una niña de once, abriendo una camioneta negra con un alambre.

—¡Salgan de ahí antes de que los vea seguridad!

Corrieron con ella hasta una calle lateral.

Se llamaban Diego y Sofía. Su padre llevaba casi dos años en coma después de un accidente. Vivían con su madrastra, Verónica, quien controlaba el dinero del seguro y se negaba a pagar tratamientos costosos.

—No robamos por gusto —dijo Diego—. Queremos ayudar a mi papá.

Alejandra les compró dos tamales y atole con sus últimas monedas. Luego consiguió trabajo limpiando una pequeña fonda.

Tres días después, Diego volvió pálido.

—Señora Ale… hice algo malo.

Sacó una cartera de piel.

—La tomé de la camioneta esa noche. Había una memoria USB. La revisamos en la computadora de Verónica… y encontramos una foto de usted.

Alejandra abrió la cartera.

La credencial llevaba un nombre que conocía demasiado bien:

Mauricio Salgado Herrera.

Lo que Alejandra descubriría al abrir aquella memoria era tan monstruoso que ni siquiera ella habría podido creerlo.

PARTE 2

Esa noche, después de cerrar la fonda, Alejandra le pidió prestada a Jesús su vieja laptop.

—Media hora —dijo él—. Y no me vayas a descomponer esa cosa, porque todavía la estoy pagando.

Alejandra conectó la memoria.

Había carpetas con nombres aburridos: “Contratos”, “Reportes”, “Proveedores”. Dentro de una subcarpeta encontró fotografías de su antigua fábrica, pólizas de seguro, copias de escrituras y, al final, un archivo de audio sin título.

Lo abrió.

La voz de Mauricio llenó el pequeño cuarto.

—No entiendes, Jorge. Casarme con Renata no es por amor. Barragán me va a dejar la operación del grupo. Cuando el viejo ya no esté, todo queda más fácil.

Otra voz respondió:

—¿Y cómo piensas quitarlo de en medio?

Hubo un silencio.

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—Poco a poco. Algo que parezca enfermedad. Nada de accidentes aparatosos.

Alejandra dejó de respirar.

La grabación continuó.

Hablaron de un químico sin olor, de dosis pequeñas mezcladas en bebidas y de aprovechar que Arturo Barragán tomaba medicamentos para el corazón. Mauricio incluso se burló diciendo que, a su edad, nadie cuestionaría una muerte repentina.

Alejandra cerró la laptop con las manos heladas.

Mauricio no sólo la había abandonado.

Planeaba matar al hombre cuya hija estaba a punto de casarse con él.

A la mañana siguiente fue directo al corporativo.

El guardia que la había visto días antes ni siquiera la dejó acercarse a los elevadores.

—Ya le dijeron que no venga.

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