Mis padres vendieron sin permiso el piano que mi abuela había conservado durante más de 40 años y que había prometido dejarme a mí. Con los 1.850.000 pesos compraron un coche para mi hermana y me advirtieron: “Si se lo cuentas y empeora, será culpa tuya”. No respondí. Se lo conté desde su cama de cuidados paliativos. Mi abuela sonrió, llamó a su abogado y dijo algo que hizo que entendiera que llevaba años preparándose para ese momento.

Parecía nuevamente la maestra que corregía cada nota y exigía repetir un pasaje hasta encontrar la emoción correcta.

Al terminar, Elena levantó ligeramente una mano.

—En el tercer compás te adelantaste un poquito.

Todos soltaron una carcajada.

Santiago se acercó y besó su frente.

—Nunca vas a dejar de corregirme, ¿verdad?

—Mientras pueda escucharte, no.

Aquella fue la última vez que Elena lo escuchó tocar.

Falleció 11 días después, acompañada por Santiago y Teresa.

Había dejado instrucciones para un funeral sencillo.

No quería discursos interminables ni coronas costosas.

Solamente pidió que alguien interpretara la misma pieza que le había enseñado a su nieto.

Santiago cumplió su deseo.

4 meses después, el piano regresó a la casa de Juriquilla.

2 técnicos lo colocaron cuidadosamente frente a los ventanales, exactamente donde había permanecido durante décadas.

Santiago pasó la mano sobre la madera restaurada.

Todavía reconocía una pequeña marca cerca del teclado.

La había hecho cuando tenía 9 años, al golpear accidentalmente el instrumento con un carrito de juguete.

Su abuela nunca quiso repararla.

Decía que los recuerdos también formaban parte de un instrumento.

Arturo llegó aquella tarde con la documentación definitiva.

El fideicomiso había establecido que Santiago recibiría el uso y la titularidad de la casa conforme a las condiciones previstas por Elena, y los trámites correspondientes ya estaban formalizados.

Pero Santiago no quería vivir únicamente rodeado de recuerdos.

Transformó una parte de la propiedad en una pequeña escuela de música.

Reservó 12 becas para niños cuyas familias no podían pagar clases particulares.

En la entrada colocó una placa discreta:

“Escuela de Música Elena Mendoza”.

La primera inscripción fue la de una niña de 8 años llamada Lucía, hija de una empleada doméstica que había trabajado en aquella misma colonia durante años.

Cuando la niña vio el piano, se detuvo impresionada.

—Maestro, ¿de verdad puedo tocarlo?

Santiago sonrió.

—Claro.

—Pero se ve muy caro.

Él acomodó el banco.

—Mi abuela decía que un piano no vale por lo que cuesta, sino por lo que alguien aprende a expresar con él.

Lucía colocó tímidamente un dedo sobre una tecla.

El sonido llenó la habitación.

Santiago sintió que, por primera vez desde la muerte de Elena, podía recordarla sin que el dolor lo dejara sin aliento.

Valeria lo llamó una noche.

Había conseguido trabajo como asistente administrativa y estaba pagando una parte de sus propios gastos.

Andrés había terminado la relación semanas después de la fiesta.

—Santi, quería pedirte perdón —dijo ella.

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