Mi mamá llamaba de vez en cuando.
Siempre preguntaba si obedecía.
Nunca si la extrañaba.
Un día escuché a Sofía gritar por teléfono:
—¡Mamá, dile a Daniel que vimos delfines!
Sentí que se me cerraba la garganta.
Mi abuelo me encontró llorando detrás del granero.
No me dijo que fuera fuerte.
Simplemente se sentó a mi lado y compartió conmigo una naranja.
Cada viernes sacaba una libreta pequeña y anotaba las horas que habíamos trabajado juntos.
Después me entregaba algunos pesos.
—¿Eso es todo? —pregunté la primera vez.
—Es para tus dulces.
Lo importante te lo daré en agosto.
Pensé que sería una bicicleta.
A finales de agosto me llevó al centro de San Juan del Río.
Primero comimos pan dulce.
Después entramos en una notaría, donde un señor llamado licenciado Salcedo nos recibió con una sonrisa.
Mi abuelo habló con él mientras yo coloreaba sobre una hoja.
Luego me pidieron escribir mi nombre en unos papeles.
—¿Para qué, abuelito?
—Para que practiques tu firma.
El licenciado también habló de documentos que debían quedar guardados hasta que yo creciera.
A los 7 años, aquellas palabras no significaban nada.
Esa noche, mi abuelo me llevó a su taller.
Sacó una arandela de latón, de esas que se utilizan con tornillos, y grabó un número sobre ella con un punzón.
Después me entregó una lata roja de café.
—Guárdala aquí.
Observé la pieza.
—¿Para qué sirve?
—Para recordar algo que te ganaste trabajando.
—¿Se la puedo enseñar a mamá?
Su expresión cambió.
Se agachó hasta quedar a mi altura y cerró mis dedos alrededor del metal.
—Escúchame bien, Daniel.
Guárdala, no la pierdas y, sobre todo, no se la enseñes a tu madre.
—¿Por qué?
Mi abuelo miró hacia la ventana, como si temiera que alguien pudiera escucharnos.
—Porque hay personas que, cuando descubren que algo tiene valor, creen que tienen derecho a quitártelo.
Entonces abrió su vieja libreta y escribió el mismo número que aparecía en la arandela.
No entendí nada.
