—Mi papá quiere mandarte a prisión —susurró.
—Eso ya lo sospechaba.
Rodrigo se cubrió la cara.
—No entiendes.
Todo empezó antes de que nos casáramos.
Me quedé inmóvil.
—Explícate.
—En 2019, mi padre recibió dinero de inversionistas para construir un parque industrial.
Les prometió rendimientos y participación en el proyecto.
Pero una parte importante del dinero nunca se utilizó para construir nada.
—¿Qué pasó con él?
—Lo movieron entre empresas.
Después pusieron Altavista a tu nombre.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Por qué a mi nombre?
Rodrigo tardó varios segundos en responder.
—Porque eras abogada militar.
Mi papá decía que, si alguna autoridad investigaba, nadie creería que una mujer con tu experiencia había firmado documentos sin saber lo que hacía.
Recordé las preguntas de Ernesto durante nuestra primera cena familiar.
Qué investigaciones había llevado.
Qué responsabilidades tenía.
Cuánto sabía de operaciones financieras.
No estaba interesado en conocerme.
Estaba evaluándome.
—¿Y tú cuándo te enteraste? —pregunté.
Rodrigo bajó la cabeza.
—Sabía que había irregularidades.
No sabía hasta dónde llegaban.
—¿Y el divorcio?
—Cuando Claudia quedó embarazada, quise separarme.
Mi padre dijo que resolvería todo.
Prepararon el convenio para quitarte Altavista y dejarte sin nada.
—Pero yo lo impugné.
—Sí.
Y entonces mi papá cambió de plan.
Me miró directamente.
—Ahora quiere que Altavista siga a tu nombre para que las autoridades crean que tú moviste el dinero.
Incluso quiere utilizar tu expediente militar para decir que ya tenías antecedentes de manipular pruebas.
Lo observé durante varios segundos.
—Entonces vas a declarar todo esto ante la Fiscalía.
—Es mi padre.
Sentí una tristeza tan profunda que ya no podía confundirse con enojo.
—Y yo era tu esposa.
Cerré la puerta.
Esa misma madrugada envié a Laura un resumen de la conversación.
Ella consiguió una reunión para que Rodrigo pudiera declarar con asesoría jurídica independiente.
Rodrigo aceptó asistir.
Pero nunca llegó.
A las 10:17 recibí un mensaje de Beatriz.
«Ven a la casa.
Tengo algo que necesitas ver.
No le digas a Ernesto».
Laura me recomendó no ir sola.
Acudí acompañada por Teresa y tomamos precauciones para documentar la visita dentro de los límites legales.
Encontré a Beatriz sentada en el comedor de la mansión familiar.
Por primera vez, no llevaba joyas.
Sobre la mesa había una libreta negra.
—He pasado 40 años callándome cosas —dijo.
Empujó la libreta hacia mí.
Tenía fechas, nombres, cuentas y anotaciones escritas con su letra.
