Mi padre dejó sus dos panaderías al hijo de su segunda esposa y a mí una llave con una nota: “Entra cuando estés lista”. Pensé que era su última humillación. No dije nada y me infiltré como empleada para descubrir la verdad. Un mes después abrí el sótano y encontré 27 cartas sin entregar, junto a documentos de un hospital que revelaban un secreto familiar terrible.
Tenía algunos ahorros y un pequeño departamento heredado de mi abuela.
—Podemos venderlo y liquidar buena parte del préstamo —propuse.
Diego se separó inmediatamente.
—Ni lo sueñes. Papá se endeudó para que tú estuvieras bien. No voy a dejarte sin casa.
Discutimos casi una hora.
Al final acordamos algo diferente.
Yo aportaría $180,000 pesos de mis ahorros para reducir el capital pendiente. Hablaríamos con el banco para negociar un nuevo calendario de pagos.
Diego me cedería el veinte por ciento del negocio, formalizando el acuerdo ante notario. El resto quedaría a su nombre porque sería quien continuaría administrándolo.
Y había una condición que no estaba dispuesta a negociar.
—Dejas el trabajo nocturno desde hoy.
—Pero…
—Nada de peros. Si quieres una hermana, tendrás que aceptar que te cuide de vez en cuando.
Diego soltó una carcajada.
Era la primera vez que lo escuchaba reír de verdad.
Sin embargo, todavía enfrentábamos dos problemas enormes.
El banco seguía esperando su dinero.
Y la señora Beatriz estaba decidida a duplicarnos la renta.
No bastaba con habernos encontrado como familia.
Ahora teníamos que impedir que desapareciera aquello que nuestro padre había construido durante treinta años.
La primera ayuda llegó de quien menos esperaba.
Doña Rosario, que conocía a medio Atlixco, les contó a varios clientes que El Trigal estaba a punto de cerrar.
Una maestra de primaria publicó la noticia en un grupo de vecinos.
En tres días reunieron más de ochocientas firmas y comenzaron a llegar clientes que llevaban años sin visitarnos.
Cuando Beatriz apareció para exigir una respuesta, encontró una fila que llegaba hasta la esquina.