Mi padre dejó sus dos panaderías al hijo de su segunda esposa y a mí una llave con una nota: “Entra cuando estés lista”. Pensé que era su última humillación. No dije nada y me infiltré como empleada para descubrir la verdad. Un mes después abrí el sótano y encontré 27 cartas sin entregar, junto a documentos de un hospital que revelaban un secreto familiar terrible.
—¡Si Lucía descubre en qué se gastó todo el dinero, nos va a devolver hasta el último centavo! ¡Prefiero cerrar la panadería antes de que se entere!
Escuché aquellas palabras a las cuatro de la madrugada, detrás de la puerta entreabierta de la oficina.
Mi hermano Diego hablaba por teléfono con su madre. Yo estaba a unos pasos, sosteniendo una charola llena de moldes, con las manos cubiertas de harina.
Lo que Diego no sabía era que la empleada llamada Valeria, que llevaba tres semanas trabajando en su panadería, era precisamente Lucía, su hermana mayor.
Me llamo Lucía Villarreal Rojas, tengo 27 años y soy enfermera pediátrica en Puebla.
Hasta dos meses antes, ni siquiera sabía que tenía un hermano.
Todo comenzó cuando murió mi padre, Ernesto Villarreal, dueño de dos panaderías en Atlixco.
No lo veía desde hacía casi veinte años.
Mis padres se divorciaron cuando yo tenía siete. Papá se fue a vivir con Graciela, una mujer más joven, y mi madre, Elena, me llevó a Puebla.
Crecí viendo cómo mamá cosía ropa hasta la madrugada para pagar nuestros gastos.
Mi padre mandaba dinero, pero ella lo regresaba.
También enviaba pasteles enormes cada cumpleaños.
Yo esperaba verlo aparecer detrás de aquellas cajas.
Nunca lo hacía.
A los catorce años dejé de contestar sus llamadas. A los veinte bloqueé su número.
Por eso, cuando el notario leyó su testamento, no esperaba recibir nada.
—Los establecimientos comerciales, el equipo y los derechos del negocio pasan a su hijo Diego Villarreal —anunció.
Diego tenía diecinueve años.
A mí solamente me correspondió un sobre.
Dentro había una llave antigua con una etiqueta: «Sótano, Molino 14».
También encontré una nota escrita por mi padre:
«Entra cuando estés lista».
Me sentí humillada.
Su hijo tenía las panaderías. Yo tenía una llave oxidada.
Pero algo no me dejaba tranquila.
Quería saber qué clase de persona era ese muchacho que había recibido todo.
Pedí unas semanas de permiso sin goce de sueldo y viajé a Atlixco.
Me corté el cabello, cambié mi forma de vestir y me presenté como Valeria Rojas en la panadería El Trigal.
La encargada, doña Rosario, necesitaba urgentemente una ayudante. Me aceptó por unos días de prueba, con la promesa de formalizar la contratación después.
Así conocí a Nicolás, el panadero principal.
Tenía treinta años, pocas palabras y una hermana de doce, Fernanda, a quien criaba solo desde que murieron sus padres.
Nicolás me enseñó a preparar conchas, bolillos y pan de dulce.