Mi padre dejó sus dos panaderías al hijo de su segunda esposa y a mí una llave con una nota: “Entra cuando estés lista”. Pensé que era su última humillación. No dije nada y me infiltré como empleada para descubrir la verdad. Un mes después abrí el sótano y encontré 27 cartas sin entregar, junto a documentos de un hospital que revelaban un secreto familiar terrible.
—Desde enero. Solo hasta que podamos salir del problema.
—¡Tienes diecinueve años, Diego! ¡Trabajas aquí todo el día y allá durante la madrugada! ¡Te vas a enfermar!
—Si dejamos de pagar, el banco puede quedarse con parte del equipo. Y si perdemos este local, no podré sostener a los empleados.
—Pero esa deuda también es mía.
—No, Lucía.
Golpeé suavemente la mesa.
—¡Claro que lo es! ¡Parte de ese dinero pagó la operación de mi mamá!
Diego negó con firmeza.
—El que pidió el préstamo fue papá. Ni tú ni tu mamá se lo solicitaron.
Sacó entonces otro sobre de un cajón.
—También me dejó una carta. Me pidió que, si tú venías por voluntad propia y decidías quedarte, te ofreciera la mitad del negocio. O que te pagara su valor cuando pudiéramos sanear las cuentas.
Lo miré, incrédula.
—¿Y pensabas darme la mitad después de pagar tú solo todo esto?
—Esa era la idea.
Por primera vez desde que lo conocí, Diego sonrió tímidamente.