—No entiendo —murmuró—. ¿Entonces todavía debo dinero?
—Sí, Óscar —respondí—. Pero ya no se lo debes a Víctor.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu hermano!
Aquella frase me hizo recordar demasiadas cosas.
Recordé las ocasiones en que le había mandado dinero para alimentar a sus hijos. Las veces que había pagado reparaciones de la casa. Los cumpleaños en los que me llamaban únicamente para pedirme otro préstamo.
Y recordé la carne asada de la noche anterior.
—Precisamente porque eres mi hermano, Óscar, tienes una oportunidad que otro acreedor probablemente no te daría.
Mi madre se puso de pie.
—¡Su señoría, aquí existe una confusión! Mi hija nos mandó dinero para pagar impuestos atrasados.
El juez consultó nuevamente el expediente.
—Señora, este asunto no está relacionado con impuestos municipales. Se reclama un crédito privado garantizado con una participación en un inmueble.
—Pero nosotros debemos siete años de predial…
—Mamá, basta —interrumpí.
Saqué una constancia de situación del predial que había solicitado antes de viajar.
—El impuesto está al corriente. Lo que existe es una deuda de Óscar que ustedes decidieron ocultarme.
La esposa de mi hermano, Claudia, lo miró horrorizada.
—Tú me dijiste que Elena estaba enterada del préstamo.
Óscar evitó sus ojos.
—Claudia, ahorita no.
—¡Me juraste que ella había ofrecido ayudarnos! ¡Me dijiste que todo estaba arreglado entre ustedes!
—¡Porque mamá aseguró que Elena pagaría sin problemas!
Mi madre abrió la boca.
—Óscar, no digas esas cosas.
