PARTE 1
—¡Le doy quinientos pesos al que se lleve a mi esposa! ¡Y si promete no devolvérmela, hasta le pago el taxi!
Mi marido, Rogelio, levantó el micrófono mientras más de cien personas estallaban en carcajadas.
Yo estaba sentada junto a él, con un vestido azul marino que había comprado especialmente para aquella celebración. Tenía 56 años, llevaba 29 de matrimonio y acababa de descubrir que, para el hombre con quien había compartido casi toda mi vida, yo no valía ni lo que costaba una cena.
—¡Ándale, Teresa, levántate! —insistió—. ¡Que los interesados vean la mercancía!
Alguien silbó.
Mi amiga Patricia, a quien conocía desde hacía ocho años, soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que cubrirse la boca.
—¡Incluye la bolsa! —gritó Rogelio—. Aunque, siendo sinceros, la bolsa vale más que lo que trae adentro.
Sentí que la cara me ardía.
Era la fiesta de aniversario de la fábrica de autopartes donde mi esposo trabajaba como supervisor, en Puebla. Había directivos, empleados y familiares. Yo había pasado toda la tarde arreglándome porque Rogelio me pidió que lo acompañara.
Nunca imaginé que me había llevado para convertirme en el espectáculo de la noche.
Busqué con la mirada a nuestro hijo Diego, de 27 años.
Estaba junto a una columna, grabando con su celular.
Esperé que interviniera.
Pero solamente acomodó mejor la cámara.
—Es tranquila, cocina bien y casi nunca se queja —continuó mi esposo—. Eso sí, ya se le acabó la garantía. ¡No acepto devoluciones!
Entonces ocurrió algo inesperado.
Desde la mesa principal, Armando Salcedo, director general de la empresa, levantó la mano.
—Yo me la llevo.
Rogelio soltó otra carcajada.
—¡Para usted, jefe, hasta gratis!
Pero el señor Salcedo no se rio.
—Ya fue suficiente, Rogelio.
El salón quedó casi en silencio.
Me puse de pie con las piernas temblando.
—Está bien —dije.
Mi esposo frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Acepto irme.
Tomé mi bolsa y caminé hacia la salida.
—¡Teresa! ¡No hagas un drama! ¡Era una broma!
Me detuve frente a Diego.
—¿Ya terminaste de grabar?
—Mamá, no exageres. Todos se están divirtiendo.
—¿Y tú también?
No respondió.
En el guardarropa descubrí que Rogelio tenía el boleto para recoger mi abrigo. Cuando llegó, le ordenó a la empleada que no me entregara nada.
—Mi esposa está haciendo un berrinche. Ahorita se le pasa.
—Dame el boleto —exigí.
—Primero deja de hacerme quedar mal.
Fue Armando quien intervino.
—Entréguele sus cosas, Rogelio.
Mi marido obedeció, furioso.
Cuando salí, Rogelio me alcanzó y me sujetó del hombro.
—Si te vas, no vuelvas a pedirme nada.
—Suéltame. Me estás lastimando.
Por primera vez, lo dije suficientemente fuerte para que alguien más escuchara.
Tomé un taxi y terminé en una pequeña posada cerca del centro de Puebla.
No tenía ropa de cambio ni cepillo de dientes.
Llamé a Marta, mi mejor amiga y compañera de trabajo.
Juntas restaurábamos muebles antiguos en un pequeño taller. Teníamos un encargo importantísimo: dieciocho butacas para un teatro comunitario que reabriría la semana siguiente.
