Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements
Sin embargo, los noventa mil pesos que le había prestado ya habían salido de su cuenta.
—Me dijo que ese dinero serviría para apartar maquinaria —continuó—. Pero nunca me mostró una factura.
Elena se cubrió el rostro.
—A mí me pidió cuarenta y cinco mil para reparar su coche.
—Y utilizó nuestros ahorros para cambiarlo —agregué.
Durante unos segundos, ninguna habló.
Entonces Valeria hizo una pregunta que jamás olvidaré.
—¿Y ustedes qué piensan hacer con sus embarazos?
Elena bajó la mirada.
—Todavía no lo sé. Tengo miedo.
Yo respiré profundamente.
—Yo quiero tener a mi bebé. Lo quería desde antes de enterarme de todo esto. Pero Diego me hizo creer que sin él no podría salir adelante.
Valeria nos tomó de las manos.
—No voy a decirles qué deben decidir. Eso les corresponde a ustedes. Pero ninguna debería tomar una decisión tan importante por miedo a las amenazas de un hombre.
Aquellas palabras me hicieron llorar.
Por primera vez en semanas, alguien me estaba escuchando en lugar de darme órdenes.
Esa noche regresé a casa decidida a enfrentar a Diego.
Lo encontré en la cocina, comiendo pizza frente al televisor.
—¡Mi amor! —exclamó al verme—. ¿Cómo te fue? ¿Ya terminó todo?
Su pregunta me revolvió el estómago.
—No.
Dejó su rebanada sobre el plato.
—¿Cómo que no?
—No me hicieron ningún procedimiento. Decidí cancelar la cita.