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—Ya sabes cuánto.
—Cuarenta y dos mil pesos. No veinticuatro mil.
Se quedó inmóvil.
—¿Revisaste mis documentos?
—Encontré tus recibos de nómina. También sé que le pediste cuarenta y cinco mil pesos a Elena.
La silla rechinó cuando se levantó.
—¿Quién te habló de Elena?
—Ella misma.
Vi cómo su rostro perdía el color.
—No entiendo.
—Nos encontramos hoy en la clínica. Las dos estábamos allí porque tú nos mandaste.
Diego caminó hasta la ventana.
Durante varios segundos permaneció de espaldas.
—Mariana, no es lo que estás pensando.
—¿No? Entonces explícame por qué tu novia cree que estás divorciado.
—Cometí un error.
—¿Cuatro meses de relación son un error?
—Las cosas estaban mal entre nosotros.
—Entonces debiste hablar conmigo. No inventarte otra vida.
Se pasó las manos por el cabello.
—Yo todavía te quiero.
Saqué mi teléfono.
—¿También quieres a Valeria?
Diego se volvió bruscamente.
—¿Qué sabes de Valeria?
—Sé que tiene un departamento en Narvarte. Sé que te prestó noventa mil pesos y que planeaban viajar juntos a Cancún.
Por primera vez, dejó de intentar sonreír.
—¿Ustedes tres hablaron?
—Sí.
—¡No tenían derecho!
Su grito retumbó en nuestra pequeña cocina.
Lo miré sin moverme.
—¿Derecho? ¿Tú vas a hablarme de derechos después de engañarnos a las tres?
Golpeó la mesa con la palma.
—¡Están destruyendo mi vida!
Entonces ocurrió algo extraño.
En lugar de sentir miedo, empecé a reír.
No porque aquello fuera gracioso, sino porque acababa de escuchar la frase más absurda de mi matrimonio.
—Diego, tienes una esposa, dos mujeres embarazadas de ti y otra a la que le pediste un poder sobre su departamento. ¿Y las culpables somos nosotras?
Bajó la mirada.
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Después, con una tranquilidad escalofriante, comenzó a explicarme su supuesto plan.
Dijo que estaba harto de vivir en un departamento rentado, de pagar cuentas y de sentirse estancado.
Con Elena, según sus palabras, todo había empezado como una distracción.
Con Valeria era diferente.
Ella tenía dinero, propiedades y contactos en el sector inmobiliario.
Diego pensaba mudarse con ella, dejar de pagar renta e iniciar su propio negocio.
—¿Y yo dónde quedaba? —pregunté.
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