Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements

  • —Ya sabes cuánto.
  • —Cuarenta y dos mil pesos. No veinticuatro mil.
  • Se quedó inmóvil.
  • —¿Revisaste mis documentos?
  • —Encontré tus recibos de nómina. También sé que le pediste cuarenta y cinco mil pesos a Elena.
  • La silla rechinó cuando se levantó.
  • —¿Quién te habló de Elena?
  • —Ella misma.
  • Vi cómo su rostro perdía el color.
  • —No entiendo.
  • —Nos encontramos hoy en la clínica. Las dos estábamos allí porque tú nos mandaste.
  • Diego caminó hasta la ventana.
  • Durante varios segundos permaneció de espaldas.
  • —Mariana, no es lo que estás pensando.
  • —¿No? Entonces explícame por qué tu novia cree que estás divorciado.
  • —Cometí un error.
  • —¿Cuatro meses de relación son un error?
  • —Las cosas estaban mal entre nosotros.
  • —Entonces debiste hablar conmigo. No inventarte otra vida.
  • Se pasó las manos por el cabello.
  • —Yo todavía te quiero.
  • Saqué mi teléfono.
  • —¿También quieres a Valeria?
  • Diego se volvió bruscamente.
  • —¿Qué sabes de Valeria?
  • —Sé que tiene un departamento en Narvarte. Sé que te prestó noventa mil pesos y que planeaban viajar juntos a Cancún.
  • Por primera vez, dejó de intentar sonreír.
  • —¿Ustedes tres hablaron?
  • —Sí.
  • —¡No tenían derecho!
  • Su grito retumbó en nuestra pequeña cocina.
  • Lo miré sin moverme.
  • —¿Derecho? ¿Tú vas a hablarme de derechos después de engañarnos a las tres?
  • Golpeó la mesa con la palma.
  • —¡Están destruyendo mi vida!
  • Entonces ocurrió algo extraño.
  • En lugar de sentir miedo, empecé a reír.
  • No porque aquello fuera gracioso, sino porque acababa de escuchar la frase más absurda de mi matrimonio.
  • —Diego, tienes una esposa, dos mujeres embarazadas de ti y otra a la que le pediste un poder sobre su departamento. ¿Y las culpables somos nosotras?
  • Bajó la mirada.
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  • Después, con una tranquilidad escalofriante, comenzó a explicarme su supuesto plan.
  • Dijo que estaba harto de vivir en un departamento rentado, de pagar cuentas y de sentirse estancado.
  • Con Elena, según sus palabras, todo había empezado como una distracción.
  • Con Valeria era diferente.
  • Ella tenía dinero, propiedades y contactos en el sector inmobiliario.
  • Diego pensaba mudarse con ella, dejar de pagar renta e iniciar su propio negocio.
  • —¿Y yo dónde quedaba? —pregunté.
  • Continúa en la página siguiente.➡️